Joan Manuel Serrat es un grande de la música latinoamericana. Sus decenas de discos lo confirman, sus presentaciones multitudinarias lo avalan, pero tiene algo más que lo hace privilegiado para ocupar ese sitial: las buenas canciones.
Así, sólo con su guitarra y la genialidad de Ricard Miralles al piano, el catalán volvió a Mendoza para presentar ante dos mil espectadores su show más íntimo: “Serrat 100 x 100”.
Y valga el momento para decir que la noche tuvo su magia, su vuelo poético al más alto nivel y una sensación maravillosa de musicalidad, con tan sólo dos artistas sobre el escenario. Es ahí, precisamente ahí, donde los grandes muestran su condición.
Así, con las canciones desnudas, la belleza empieza a manifestarse de tal modo que las palmas quedan rojas de tanto aplaudir.
Y hay otro elemento que tiene Serrat y es que esas canciones, reconocidas, toman otro sentido, otro valor y es en ese momento donde florece en su máxima expresión la belleza poética. Renacen sería la palabra apropiada.
“Caminante no hay camino” abrió la puerta a una noche mágica, donde desfilaron temas como “Tu nombre me sabe a hierba”, “Penélope”, “Romance de Curro El palmo”, “Bienaventurados”, “Hoy puede ser un gran día”, “Los fantasmas del Roxy”, “Muñeca rusa”, “Para la libertad”, “Lucía” y “Señora”, entre otros, que levantaron suspiros, devolvieron imágenes del pasado y le dieron luz al momento.
Eso si, todo fue gracias a la sutileza y al enorme talento del maestro Miralles que tuvo su momento con un popurrí tanguero de altísimo nivel, demostrando su grandeza en el piano, poniendo la nota justa en el tiempo preciso, sutil y exquisito.
Entonces, transitando éxitos de siempre y amenizando la velada con comentarios jocosos y puestos fielmente al servicio de un posible guión, trascurrieron las dos horas y quince minutos de un show que sirvió para volver a disfrutar del talento del catalán y dejar bien manifestado el amor incondicional que los mendocinos tienen por el hombre y su notable obra.