Ese calvario siempre latente jamás llega. Entonces, la men-te se relaja y la tensión muscular no dura más que un par de rounds. Cuando Luciano Castro en-tiende, por fin, que esta vez no tendrá que aclarar intimidades que deplora, lleva las palmas atrás de la nuca y disfruta. “Yo soy de este palo”, dice, sin más explicación que un vistazo placentero por la escenografía que huele a puñetazos.
Algunos metros bajo tierra, su tierra. Un gimnasio, un ring, aquellos clásicos sacos de cuero, estos mo-dernos puching ball.
Afiches con anuncios de antiguas peleas, enormes fotos de viejas glorias. Una atmósfera de boxeo ideal para aquel flacucho ochentoso de Villa del Parque que soñaba con el título del mundo y para este corpulento galán de tele que todavía sueña aquellos imposibles.
No le cuesta la franqueza. Podría caminar por la huella fácil y decir que tiene amigos en todos lados y que se divierte haciendo las dos cosas, pero no. Definitivamente, sus palpitaciones se multiplican bajo las luces del cuadrilátero, en el Defensores de Olivos, en el centro del adrenalínico “Charly Box”. “Cuando me toca actuar, voy, trabajo y listo. Acá no. Acá me identifico más. Mis amigos tienen más que ver con el boxeo, y el mundo de la actuación es la antítesis de esto”, explica.
Desde la cuna. Vio golpes desde siempre. Su padre “Pocho” y su padrino “Richard” no lo obligaron a nada, pero durante siete años consecutivos lo sentaron en el ring side del Luna. Peleas antológicas, escándalos y protectores bucales por el suelo. En la previa, escuchaba lecciones de historia sobre Nicolino, “Ringo” y Acavallo. De vuelta a casa, se agigantaban los Palma, los Roldán y los Coggi. Estos guapos maravillaron a Luciano. “Cuando quise darme cuenta, estaba en el gimnasio de Abel Laudonio, el viejo Abel -recuerda-. Yo vivía en Villa del Parque y quería ir a Huracán por ‘Ringo’, pero no pude”.
–¿Qué aprendió de Laudonio?
–Abel fue el primer tipo que me en-señó a aguantármela. Yo tenía 16 años, era flaquito, tenía el pelo largo, y en las clases aprendía a aguantármela arriba del ring.
–¿Abajo ya se la aguantaba?
–Había tenido varias peleas callejeras feas, muy duras. Incluso, cuando arranqué con esto, sentía la necesidad de demostrar lo que aprendía: mostrar para figurar. Pero, una vez, me pegaron un puntazo y estuve muy mal. Ése fue el final.
–¿El boxeo lo retiró del mano a mano callejero?
–Definitivamente. Me di cuenta de que no tenía sentido.
Está la cicatriz en la mano, entre el índice y el pulgar. Pero también están las marcas menos ingratas. Como la noche del duelo entre Sugar Ray Leonard y Marvin Hagler, cuando lo sacaron de la cama a las dos de la madrugada, lo sentaron frente al televisor y le anticiparon que el artista destronaría al monarca. Y cuando su-bió a recibir el Martín Fierro con el ojo morado después de hacer guantes con su amigo “Charly” Rodríguez.
Tiene 35 años y lleva la mitad de la vida compartiendo actuación y boxeo. Puede sonar extraño, pero en su caso, el orden de prioridades no respeta el peso de las pasiones. ¿Enton-ces? “Cuando empecé a ponerme a la par de los profesionales, a los 17, tuve que decidir y me di cuenta de que algo me faltaba: no tenía ese hambre necesario para ganar cosas”.
–También le habrá gustado ver que el dinero llegaba más fácil con la actuación...
–La verdad es que no. Yo pensaba en boxear por la pasión que tenía. Y me ponía mal cuando no me dejaban guantear. Ahora todavía me pasa. Cuando no puedo venir al gimnasio, estoy psíquicamente mal.
–¿Y si pudiera elegir entre ganar un Oscar y ser campeón mundial de boxeo?
–Si me garantizan que en un año estoy peleando por el título mundial con el campeón medio pesado, largo todo ahora mismo.
Así, su lucha interna es constante. Aquel deseo, este deseo, aquellas películas mentales que se mantienen, estos juegos imaginarios infantiles, pero, por sobre todo, una valoración superlativa para algo que lo mantuvo a flote. “El boxeo me salvó la vida –subraya–. En ese momento en el que las luces pudieron haberme llevado al peor lugar, ahí estuvo el deporte que de verdad me rescató. Nadie me lo contó, por eso yo no hago más que pregonar lo que viví”.
Hijo, madre y raíces. Cuatro chicas que franquearon la puerta del gimnasio se asoman desde una ventana. Disfrutan. Se nota. Tal vez porque la atmósfera no está contaminada con cifras de rating. Respetan con el si-lencio. Se van.
Y vienen unos pibes de diez o doce años. Miran. Y se quedan helados cuando Luciano toma la iniciativa. Camina hasta la ventana, les habla de fútbol, los escucha. Les regala el momento que no olvidarán y que pronto contarán a sus madres, hermanas y compañeros de escuela. Tal vez mañana decidan calzarse guantes.
“Estos chicos son más grandes, pero me hacen acordar un poco a mi hijo, que tiene siete años, es así –cuenta, calculando la altura de Mateo– y ya boxea. Arrancó muy chiquito, a los cuatro. Cuando tenía meses, yo lo traía acá y le daba la mamadera arriba del ring”.
–¿Qué haría si le dice que quiere dejar el boxeo para dedicarse al tenis?
–Lo acompañaría, sin dudarlo. Ya juega al rugby y practica taekwondo. En eso no soy inflexible, porque a mí me pasó lo mismo. Mi viejo no me impuso el boxeo y tampoco voy a forzar nada a mi hijo.
–¿Y su madre? ¿Qué le decía cuando empezó a boxear?
–Me decía: “por favor, hijo”. Y lo que más me molestaba era cuando agregaba: “¡con lo lindo que sos...!”. En ese momento, quería que me rompieran la cara todavía peor y le decía: “mañana voy a volver más roto, mamá”. Eso me daba en el alma..., y me daba vergüenza que la escucharan en el gimnasio.
Esa madre se resignó pronto. Entendió que su hijo sería capaz de cuidarse en un deporte que, lejos de incluir la cobardía callejera, consiste en un pacto de caballeros, con técnicas y reglas claras. “Es el arte de pegar sin que te peguen”, me dijo Sergio Palma. Y así es. A mí me ayuda en la vida. La famosa frase de Rocky cuando dice: ‘no escuché la campana’, es algo que yo tengo en cuenta en mi vida”. La tuvo en cuenta a mediados de los ’90 cuando se fue a España. Junto a un tío arquitecto hizo mezclas, plantó palmeras y terminó de entender que, si mañana no está más en la tele, podría sobrevivir sin dramas.
Cree que vivir no tiene misterios. Pero está seguro de que no podría vivir sin sus amigos, su gente, los martes de boxeo por ESPN y la adrenalina del gimnasio. Por eso lloró cuando, dos meses atrás, una lesión casi lo obliga a colgar los guantes para siempre. Tampoco sería el mismo sin el recuerdo de las hazañas de Víctor Galíndez o del “Roña” Castro, a las que alude con precisión milimétrica. Cree en el esfuerzo para llegar, pero le atribuye la mitad de su éxito a la suerte. “Trabajo de lo que estudié, practico el deporte que me gusta con amigos, tengo un hijo sano, una familia divina. Pero a eso lo alimenté con mi hambre y mis ganas para lograr objetivos”.
–Da la sensación de que se siente más cómodo acá, en el gimnasio, que en un set de filmación.
–Estas son mis raíces, yo soy de acá. En el otro mundo (el de la actuación) es donde me cuesta más: me cuido de no ser ordinario con uno, de no mandar al carajo a otro; y tengo que ser amable con tal o con cual porque el protocolo lo indica. Po-nerme un traje o un par de zapatos, eso me cuesta. Es allá donde todos quieren demostrar quién la tiene más grande. Acá somos todos iguales.
Fuente: Revista 7 Días