Un teatro casi repleto fue el que coronó con aplausos y bravos, el maravilloso despliegue artístico que Eleonora Cassano junto a Hernán Piquín, el Ballet Argentino y la Orquesta Filarmónica de Mendoza, con dirección del maestro Gustavo Fontana, brindaron anoche en la Sala Mayor.
La voz de Sergio Grass, quien ofició de presentador, se escuchó minutos después de las 21.30, y marcó el inicio del espectáculo ante el silencioso público expectante. Con coreografía de Oscar Araiz, “Tango”, la primera de las obras, cautivó y sumergió a los espectadores en su atmósfera arrabalera.
Escenas monocromáticas –abundantes en tonos grises y azulados-, crearon el clima propio de una película de época, y permitieron adentrarse en los vericuetos sentimentales de los habitantes de un burdel de los años ’30.
Atravesadas por un hilo conductor cargado de emociones –piezas como “La puñalada”, “Silbando” y “El Choclo”- cada historia fusionó precisión y fuerza dramática, y logró transmitir, a través del movimiento, un sin fin de sensaciones. Pasión, angustia, dolor, engaño, odio, transitaron por el cuerpo y los gestos de los bailarines y llegaron hasta un público que, no evitó ser interpelado.
Eleonora Cassano, siempre etérea, descolló sobre las tablas en cada una de sus intervenciones. Pero mención aparte merece su dúo con Hernán Piquín en “El día que me quieras”, que se llevó la mayoría de los aplausos, y por supuesto, provocó que más de uno cayera en comparaciones inevitables -pero el primer bailarín demostró con creces que está a la altura de las circunstancias-.
Después de un intermedio llegó “Carmen”, sin duda, el momento más esperado de la noche, ya que se hizo presente la Orquesta Filarmónica de Mendoza (experiencia doblemente significativa si consideramos las pocas veces que se da este tipo de oportunidades en la provincia y que en el marco de la gira nacional es en el único lugar donde se concretó).
Bajo la batuta del maestro Fontana, la orquesta interpretó las piezas que Rodion Schedrin adaptó de la célebre ópera Georges Bizet, mientras Cassano, Piquín y el ballet recreaban, a través de los pasos marcados por Alberto Alonso, la vida de esta apasionada y sensual gitana que culmina trágicamente.
Pícardía, diversión, seducción, antojo, fueron algunos de los tantos matices con los que esta noche delineó la eximia bailarina a su personaje. Su partenaire, en la piel de “Don José”, se lució con una representación acabada de un soldado mortificado por el amor y los celos; mientras que Ariel Caramés, tiñó a su “Torero” con arrogancia y bizarría. “El destino” estuvo interpretado por María Lovero Vila y también cosechó aplausos.
Sin lugar a dudas, la de hoy fue una experiencia única en la cual primó la calidad artística de los protagonistas y el goce estético de los espectadores.