Mucho se puede hablar acerca de los conciertos de Madonna, pero toda palabra empequeñece si uno no está allí, presente.
Quien firma esta nota tiene en su haber una larga historia de recitales y shows en vivo -más de veinte años visitando escenarios- y la verdad es que nunca había visto y vivido algo similar.
La suerte de esta vez es que pudo ser compartido el momento por mucha pero mucha gente -se estima que en la noche del domingo hubo sesenta mil personas en el Monumental- y en especial por los chicos que resultaron ganadores del concurso que organizó nuestro diario.
Seguramente, no se olvidarán nunca más de esa noche.
Mangrullo. La "base de operaciones" de todo el recital.
Diario de viaje
Todos sabíamos que nuestro viaje tenía un solo objetivo: asistir al concierto. Por eso, los compromisos quedaron de lado. A las 16, el Obelisco unió a este grupo de mendocinos y así comenzó un largo periplo.
Subte hasta Belgrano y desde allí a pie hasta el Monumental, unas doce cuadras.
Ya había clima de recital. Mucha gente tomaba el mismo rumbo y a cada cuadra se sumaba más. Sabíamos que íbamos a encontrarnos con una multitud.
Todo se reafirmó cuando nos ubicamos en la cola para poder entrar al estadio: estábamos a diez cuadras de la puerta de acceso.
El sol impiadoso de Buenos Aires no tuvo muchas contemplaciones con los asistentes al recital pero en menos de dos horas ya estábamos dentro de la cancha.
Ahí, el primer impacto: un gigantesco escenario adornado con dos “M” gigantes a sus costados. Imponente.
A las 20, Paul Oakenfold arrancó su set para ir poniendo en onda a la gente. El famoso DJ hizo bailar a todos y dejó el público en bandeja.
Cerca de las 21.30, una joven habló a todos: “Estimado público, les queremos comentar que este show será filmado en su totalidad porque con estas imágenes se hará el nuevo DVD de Madonna”. Con semejante incentivo, todos sabíamos que había que entregar lo mejor, desde arriba y abajo del escenario.
Y apareció Madonna. Un flash, un sueño, una verdadera estrella.
Muchas luces, pantallas de leds móviles, ascensores, pasarela larga y llena de sorpresas, cambios de vestuarios, bailarines adorables e impactantes, músicos brillantes.
Madonna sabe utilizar muy bien la palabra “show” y eso es lo que ofrece: un espectáculo íntegro, sin fisuras, sin demoras, despampanante.
Hay que reconocer algo y es que las dos horas de concierto pasan volando. No hay intermedios ni baches; siempre hay que estar atento porque los detalles que se ofrecen son muchos y por todos lados. Hay que mirar todo el escenario porque es seguro que en algún sector algo está sucediendo o por suceder.
Y en medio de todo eso está la música, la esencia del evento. Y Madonna está llena de buenas canciones, de esas que hacen moverse a uno de acá para allá. Entonces, el baile fue imparable.
El final es a full, con todos los chiches, con la tecnología a pleno puesta en servicio del show. E impacta, conmueve.
Nos fuimos caminando con la multitud, con una sonrisa de oreja a oreja.
Menos mal que vinimos. Algo así no se vive todos los días.