Se podría decir un lugar común, como que su lugar preferido es estar junto a una cámara dirigiendo una película más. Pero no es así de fácil. El director de cine Werner Herzog tiene que estar junto a la cámara, eso sí, pero filmando en un lugar insólito o realizando un proyecto imposible.
Como por ejemplo ahora en la Antártida, realizando junto a científicos polares su proyecto más reciente, un documental de ciencia ficción que lleva el título "Encounters at the End of the World". O aquella vez, cuando en el documental "Mi enemigo más amado" trataba de apaciguar a un irrascible Klaus Kinski, el protagonista de varios de sus largometrajes más ambiciosos, el que encarnizó a sus endemoniados protagonistas como "Fitzcarraldo", o "Nosferatu", por no hablar de "Aguirre, la ira de Dios".
No tiene tiempo, o la tranquilidad de hablar y contar anécdotas sobre el rodaje de sus películas. El 5 de septiembre cumple 65 años, y a sus interlocutores les sigue transmitiendo una inmensa intranquilidad, esa presión que siente para poder volver a alguna filmación. "Mientras estoy aquí sentado, hablando, tendría que estar encarando cinco proyectos distintos", dice el director nacido en Múnich y residente en Los Angeles.
"Mi vida siempre transcurrió con invitados de piedra, con proyectos que de pronto estaban ahí y a los que ya no podía eludir o rechazar con excusa alguna", dice Herzog, quien sin embargo rechaza ese epíteto generalizado que lo acompaña desde hace décadas, el de ser "un poseído" de sus proyectos. "Seguro que no, no soy un realizador poseso que anda con los ojos desorbitados. Más bien soy un buen trabajador, un buen soldado", asegura, recordando además que una de las particularidades en las filmaciones de sus películas es la de asemejarse al silencio de un sanatorio. "Por lo general, en mis rodajes, se habla en voz muy, pero muy baja, así como entre cirujanos en una operación".
Con esa voz pausada, con esa tranquilidad pasmosa, enfrentaba los ataques de iracundia de su "amado enemigo" Klaus Kinski, cuando en medio de la selva amazónica amenazaba con abandonar la película en pleno rodaje.
"Sabía cómo era (él), sabía en lo que me metía cada vez que lo llamaba para que encarnara uno de esos papeles tan singulares", narra Herzog sobre aquella relación de amor-odio con Kinski: "A pesar de los escándalos, las crisis, sus exabruptos, yo sabía que no iban a tener mayor importancia porque al final, lo que iba a quedar, era la película".
Así como es conocida su meticulosidad a la hora de realizar un proyecto, también se sabe que su relación con la verdad es más bien amplia. Hay muchas películas a las que le dio el certificado de documental, pero en el fondo son escenificaciones, muy reales, pero imprescindibles cada vez que la realidad no le ofrece las imágenes que necesita. A los que lo cuestionan por esta forma de manejar la verdad los titula de "burócratas y contadores".
Herzog quiere encontrar una verdad mucho más profunda que la superficial concatenación de datos, "aquella que va más allá de la realidad, de los números y los datos". Él la llama "la verdad extática".
Es la que marca la opulencia de sus imágenes, la grandiosidad de sus narraciones fílmicas, las emociones desbordantes, las escenificaciones majestuosas.
Todo ese mundo lo llevaba dentro de sí, antes, cuando trabajaba de estibador en Manchester, o como jinete en rodeos o como obrero metalúrgico, antes de de descubrir el mundo del cine, ese que descubrió como autodidacta buscando la "verdad extática".
Werner Herzog cumple 65 años buscando "la verdad extática"
El director de Nosferatu, y Fitzcarraldo cuenta sobre su trayectoria y sus proyectos en una larga trayectoria detrás del lente.No tiene tiempo, o la tranquilidad de hablar y contar anécdotas sobre el rodaje de sus películas.