El maratón de los Juegos Olímpicos de Londres 1908 pasaría a la historia por ser la carrera en la que se establecieron por primera vez los 42,195 kilómetros como la distancia para esta prueba. Pero también sería recordada por lo que le aconteció a un pequeño atleta italiano, de nombre Dorando Pietri.
La ciudad de Londres recibía la cuarta edición de los Juegos Olímpicos modernos, tras las celebradas en Atenas, París y Sant Louis. Hasta entonces, las carreras de maratón se disputaban sobre unos 40 kilómetros, la distancia que separa Maratón de Atenas, trayecto que recorrió el soldado Filípides para anunciar la victoria sobre el ejército persa en el año 490 a.C., según nos cuenta la leyenda sobre el origen de esta prueba. Pero en esta ocasión tendría una distancia algo superior a la habitual, por decisión real. Como no podía ser de otra manera, la carrera finalizaría en el majestuoso Sheperd Bush Stadium, con capacidad para 75.000 espectadores. Pero para que pudiera iniciarse en los jardines del Castillo de Windsor, residencia de los Príncipes de Gales, hubo de establecerse un recorrido de 26 millas y 385 yardas (42,195 kilómetros).
En 1.921, por razones nunca suficientemente explicadas, se tomó la decisión de establecer esta distancia como la definitiva para todas las pruebas de maratón.
El 24 de julio de 1908. 56 participantes, de los cuales abandonarían 29. Se da la salida a uno de los maratones olímpicos más infames que haya conocido la historia moderna. Un terrible y sofocante calor sería el encargado de dictar sentencia en la carrera desde el principio.
La primera parte de la prueba es dominada por el canadiense Tom Longboat, que se ve obligado a hidratarse con champán. Problemas estomacales provocan su retirada en cuestión de minutos. Tras ello, toma el mando el sudafricano Charles Hefferson, que llega al kilómetro 30 con casi cuatro minutos de ventaja sobre un pequeño italiano de un metro y 59 centímetros, panadero de profesión, de nombre Dorando Pietri. Poco más atrás de éste, el estadounidense Johnny Hayes. En el kilómetro 38, Hefferson, tras pasar por serios momentos de debilidad, es alcanzado por Pietri, que parece que llega a los últimos compases de la prueba en plenitud, con una frescura inusitada para las condiciones existentes. Sobrepasa el kilómetro 40 con holgada ventaja.
Al ver el estadio olímpico, apenas faltándole un kilómetro para la llegada, Pietri flaquea seriamente. Sus sentidos, totalmente comprometidos, sin apenas visión y sin poder escuchar nada, no le permiten siquiera asimilar que sus fuerzas han tocado fondo. Totalmente vacío, exhausto, al borde de la deshidratación, el transalpino cruza las puertas del Stadium.
A partir de ahí, y tras equivocarse de sentido en la entrada, teniendo que ser casi empujado por los jueces para virar en el sentido correcto, más de nueve minutos para recorrer los 350 metros que quedaban hasta la línea de meta. Hasta cuatro veces su maltrecho y enjuto cuerpo termina por desplomarse en la pista de ceniza, siendo ayudado por jueces, médicos e incluso periodistas (el famoso Arthur Conan Doyle, creador de Sherlock Holmes, cubría aquel acontecimiento en el estadio, siendo uno de los que se vio obligado a socorrer al italiano).
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Lo masajean, ayudándolo a ponerse en pie, y lo orientan, en uno de los episodios más dramáticos que el atletismo y el deporte en general hayan conocido jamás. Su última caída, a cinco metros de la meta, en el mismo momento en el que John Hayes, segundo clasificado, entraba en el estadio. Finalmente, en un gesto de pundonor sin límites, Pietri cruza la meta como vencedor, siendo sujetado del brazo por un juez, en una de las fotografías más famosas e impactantes de la historia de los Juegos, que podemos contemplar arriba.
Mientras Pietri permanecía inconsciente, tendido en el suelo, tras las 2 horas, 54 minutos y 46 segundos de sobrehumano esfuerzo, el equipo estadounidense presentaba una reclamación, que sería, a la postre, razonablemente aceptada. Pietri había sido ayudado, y por tanto, debía ser descalificado. Así fue. Pero acabaría por ganarse el corazón de los británicos.
A partir de ese momento le llovieron ofertas para participar en carreras de exhibición en los Estados Unidos -mitad deporte, mitad espectáculo-, en algunas de las cuales se enfrentaría con John Hayes. Tan popular se hizo que el compositor Irving Berlín compuso un tema titulado Dorando, alusivo a su hazaña, y recibió propuestas de matrimonio de diversas mujeres. Siguió corriendo por todo el mundo hasta 1911, aprovechando su popularidad para recaudar un buen dinero. Un año antes había conseguido su mejor marca personal en un maratón; fue en Buenos Aires, donde marcó un tiempo de 2 horas, 38 minutos y 2 segundos.
A los 26 años y tras haber ganado 200.000 liras (toda una fortuna en aquella época), Dorando Pietri se retira. Monta junto a su hermano un hotel, pero el negocio fue un fracaso. Después, se traslada a San Remo, donde abre un taller mecánico. En una estantería del mismo lucía con orgullo la Copa de plata que le entregó la reina Alejandra y la fotografía que inmortalizaba dicho momento. Aquella derrota fue su mejor triunfo.
Dorando Pietri, aquel pequeño y gran corredor italiano, criado y crecido en Carpi, y que ostentó la condición de mejor corredor de todas las distancias del fondo de su país por aquella época, se desplomaba por última vez el 7 de febrero de 1942, a la edad de 56 años, a causa de un infarto.
Esta vez, no pudo volver a levantarse.