Los procesos inflamatorios son el modo en el que el organismo comienza un proceso de curación de zonas que han sido demasiado forzadas o trabajadas. Si bien el reposo, el cuidado y la aplicación de frío en la parte que ha sido afectada pueden ayudar a acelerar el proceso de recuperación, la forma en que nos alimentamos también puede contribuir a una mejoría más veloz.
En los corredores, las zonas más propensas a inflamarse son las articulaciones de las rodillas y tobillos, por el impacto que cada pisada tiene sobre estas partes del cuerpo. El organismo tiene cierta capacidad para regular estos procesos a través unas sustancias llamadas prostaglandinas que, según cómo son estimuladas, pueden producir mayor o menor inflamación.
No sólo en el descanso está la clave para recuperar la zona inflamada, sino también en el consumo de los ácidos grasos que estimulen correctamente a las prostaglandinas.
Estos nutrientes se dividen en tres grupos principales, cada uno con una función diferente:
Los ácidos grasos “malos”, son aquellos que están presentes en los alimentos de origen animal, como carne, huevos, y lácteos. Su efecto sobre el organismo es estimular las inflamaciones y la producción de plaquetas en la sangre, lo cual prolonga el estado de hinchazón, dolor, enrojecimiento y calor en los sectores afectados .
Los ácidos grasos “buenos” son los Omega 3, presentes en pescados y semillas como la de zapallo y el lino y frutas secas como las nueces. Su consumo contribuye a disminuir la inflamación, la proliferación de células en las zonas afectadas y la producción de plaquetas que producen coagulación sanguínea.
Los ácidos grasos “intermedios” son los Omega 6, con un efecto inflamatorio moderado, que están presentes en las semillas de girasol, maíz y soja, entre otras.