Correr es una cuestión de fe

En esta entrevista el padre Fernando, carmelita, habla del atletismo desde su perspectiva y nos explica por qué correr es un acto de fe.

CORRER ES UN ACTO DE FE

El “camino” es una de las ideas más clásicas dentro de la espiri­tualidad cristiana y ahí radica, en opinión de este sacerdote carmelita, una enorme conexión con el fondo popular, como a él le gusta denominarlo para diferenciarlo del deporte de élite. Pese a la peculiaridad de sus planteamientos, que incluyen la práctica habitual del atletismo (dos o tres sesiones semanales de unos 10 kilómetros cada una), Millán Romeral recuerda que esa vinculación no es nueva y que ya San Pablo, en su Carta a los Hebreos, escribe: “Correr con perseverancia la carrera que se nos propone” (Hb 12,1).

Este sacerdote, que rememora la enorme afición por el ejerci­cio deportivo del anterior papa, Juan Pablo II, quien incluso creó una nueva sección en el Consejo Pontificio para los laicos, dedicada al tema Iglesia y Deporte, considera que “correr es un acto de fe” tanto para quienes, como él, profesan la religión ca­tólica como para quienes no: “No ves la meta, estás agotado y, a pesar de todo, sigues corriendo porque piensas que tiene senti­do seguir. Para el católico que espera que al final del camino haya una recompensa, un abrazo, un encuentro con Dios, si quieres, es una fe más clara. Para quien no tiene fe (religiosa) o no se lo plantea, el hecho de correr es también un acto de fe, hay que tirar pa’lante. Es una fe implícita”.

Para él, una de las escenas más impresionantes en la historia del deporte es la de la suiza Gabriela Andersen arrastrando su cuerpo casi descoyuntado para alcanzar la gloria de completar el maratón de los Juegos Olímpicos de Los Ángeles ’84 y la men­ciona como un “ejemplo precioso de coraje, dignidad y confian­za en que más allá del sufrimiento hay una meta”.

La Orden del Carmen nace en el siglo XIII en el Monte Car­melo (Israel), cuando varias personas que acompañan a los cru­zados a Tierra Santa se retiran a una vida de “medio eremitas” en esa zona de la bahía de Haifa, cuenta el prior general, que explica que el nombre de carmelitas nace cuando los sarrace­nos llegan allí y esos cristianos regresan a Europa, donde son bautizados por su lugar de procedencia. Guías universales de la espiritualidad como Santa Teresa de Jesús o San Juan de la Cruz pertenecen a ella.

Quizá, imbuido por esa mística, a este sacerdote se le llena el pecho de agradecimientos cuando está en pleno esfuerzo atléti­co: “Al correr, tienes un pensar muy desorganizado, muy caóti­co; pero de vez en cuando se te enciende una bombillita. A mí me viene una oración de gratitud a Dios por tal persona o por tal cosa, no de pedir nada, sino de dar gracias. No soy ningún iluminado, de verdad, pero me ha pasado muchas veces”.

SUPERACIÓN Y SOLIDARIDAD

¿En cuántas ocasiones nos sentimos menos de lo que somos? ¿Por qué tendemos a valorarnos a partir de las opiniones que los demás tienen de nosotros? ¿Somos conscientes del incalcu­lable valor que tiene una mano tendida cuando estamos en la cuerda floja?

Millán Romeral reflexiona sobre la relevancia que las carre­ras tienen para la autoestima en medio de esta “sociedad chata y rancia”, que impide al ser humano desarrollarse en su plenitud porque, en todos los casos, éste lleva dentro mucho más de lo que cree.

“Nos sentimos anónimos y creo que la carrera de fondo devuelve la dignidad a la gente. Se siente héroe por unas horas”, aclara el pa­dre carmelita y cita a Marco Patucchi, quien, en su libro Maratoneti, dice que éste es el deporte más democrático, porque desde el prime­ro hasta el último todos pisan el mismo asfalto y recorren la misma distancia. “¿Te imaginas que el equipo de mi barrio jugase en el mismo estadio y la misma competición que el Real Madrid?”.

Esa idea de la dignidad entronca con la de la superación personal, ya que, en las carreras populares, el deportista no se enfrenta al cro­nómetro, sino a sí mismo. Como lo describe Millán Romeral, “el único enemigo eres tú, la modorra, la desidia, el que te abandones”. Aunque, en su opinión, tampoco se puede caer en el lado opuesto de la balanza, el del obsesivo culto al cuerpo, porque “al final todo el mundo echa barriga y se queda calvo; hay que asumirlo con mucha madurez y mucha alegría”.

En pleno proceso de superación personal, en medio del esfuerzo de un maratón, lo que él aprendió fue el valor del compañerismo, cuan­do una corredora casi dos décadas mayor que él se quedó a su lado en el km38 al comprobar que él estaba a punto de tirar la toalla: “Vio que me estaba parando y dijo: "Chaval, pégate a mí". Fui acariciando el suelo, me pegué a ella y así conseguí llegar. Luego la perdí en la meta, quería darle las gracias, porque se retrasó para ayudarme a ter­minar. Se me quedó grabado”.

Por eso, él espera que la solidaridad que se experimenta en el atletismo de fondo se traslade a la sociedad porque, en estos momentos de crisis, “hay que correr juntos, hay que unir fuer­zas, hay que vivir de otra manera”. “Aquí no nos salvamos so­los”, afirma con rotundidad.

UN SACERDOTE MUY PECULIAR

Millán Romeral estudió Filosofía y Teología en Madrid, Sevi­lla y Dublín; se doctoró en Teología por la Universidad Grego­riana de Roma con una tesis sobre Bartolomé F. Liberta y es au­tor de libros y artículos sobre teología sacramental, figuras del Carmelo y otros temas de espiritualidad carmelitana.

Pese a ese compañerismo que abandera, sus entrenamientos suelen transcurrir en solitario, bien por los ritmos de carrera, bien por la incompatibilidad de horarios, bien por las diferen­tes costumbres, aunque si se le pregunta por algún personaje con quien le hubiera gustado compartir trote se decanta por Bi­kila, del que destaca que dio “una lección a toda Europa” en aquellos Juegos de Roma ’60, y por Tito Brandsma, periodista que murió en el campo de concentración de Dachau en 1942 y carmelita como él (“aunque a éste no me lo imagino corriendo, la verdad”, sonríe).

En medio de las interminables jornadas de trabajo en la capi­tal italiana, busca huecos para salir a correr por motivos físicos y mentales. “Te sientes mejor, controlas el peso y no te fatigas. Es lo que yo llamo el ‘cansancio limpio’. Puedes estar cansadísi­mo de correr, pero notas tu cuerpo oxigenado, purificado o algo así. Sin embargo, tras un día de estrés, tienes un cansancio dis­tinto, sucio, aunque hayas estado todo el día sentado al ordena­dor. Y luego están los beneficios mentales. Los problemas pier­den importancia (o cobran su verdadera magnitud). Es como si nos saliéramos de nuestra propia vida y aprendiéramos a ver las cosas de otro modo”, declara.

No escucha música mientras hace deporte, aunque sí lee aquella literatura que versa sobre o tiene como excusa el atle­tismo y cita a autores como Alan Sillitoe (La soledad del corredor de fondo), Antonio Muñoz Molina (Sefarad), Haruki Murakami (De qué hablo cuando hablo de correr), o los poetas Mario Benedet­ti (Corredores de fondo) y Gloria Fuertes (Atleta-poeta). Y por enci­ma de todas elige una sobrecogedora obra, La noche, de Elie Wie­sel, en la que este deporte es una mera anécdota en la vida de los presos de un campo de concentración nazi, pero sirve al padre para destacar la “sensación de libertad” que provoca en ellos y que, de alguna manera, les sirve de catarsis ante el sufrimiento.

Y pese a que ha corrido, como él detalla, en lugares tan “pin­torescos” como Central Park, en Nueva York, los caminos pol­vorientos de Mutare en Zimbabue o el Yarra Park, de Melbour­ne, el motor de los afectos le traslada a menudo a la calle Arturo Soria, donde siempre se entrenó “esquivando gente y apurando semáforos”. El próximo año se cumple su ciclo como prior ge­neral de la Orden y, aunque no descarta repetir mandato duran­te otros cinco años, sueña con retornar a la docencia universi­taria en Comillas. Porque como canta su adorado jienense, Madrid es ese lugar “donde regresa siempre el fugitivo”.

Aquella mañana, como todas las demás, Luis fue el más rápido de entre todos los chavales. Su veloci­dad y su peculiar manera de correr –lo hacía des­calzo, como el etíope Abebe Bikila– convertían en inútil cualquier esfuerzo de persecución por parte del resto del grupo. El pegajoso calor caribeño les había hecho citarse, como siempre, a primera hora del día para evitar las horas so­lares más dañinas. La única diferencia radicaba en aquel señor español que se había colado entre sus huestes. “¿Qué haría un tipo tan mayor –48 años son muchos cuando tus progenitores bordean la treintena– madrugando para medirse en una ca­rrera con ellos? ¿Los viejos hacen ejercicio?”, se preguntaban.

A sus apenas 15 y 16 años, aquellos chicos habían presencia­do todo tipo de atrocidades, y es que cuando se habla del conflic­to en Colombia suele olvidarse que no sólo incumbe a guerrille­ros, miembros del Ejército o paramilitares, sino que hay muchas víctimas civiles y que, entre ellas, los chavales suelen quedarse con las peores secuelas psicológicas. Nada más llegar a la casa de acogida que los carmelitas tienen en Arjona, el padre Fernando comprobó las barreras que la timidez, la desconfianza y el mie­do levantan. Por esa razón, cuando el deporte surgió como lugar común para conversar con ellos, no dudó un segundo en usar su pasión por el atletismo como medio de tender un puente hacia ellos y darles el único sermón que ellos estarían dispuestos a escuchar con semejante bagaje emocional a cuestas.

- ¿Qué pasaba cuando intentábamos seguir a Luis, que tenía un ritmo más fuerte que nosotros?

- Que nos quemábamos y nos cansábamos mucho.

- En una carrera, si te dejas llevar por alguien lo pagas; hay que estar muy bien de la cabeza para que no te mar­quen el ritmo. Es importante que no os dejéis que nadie en esta vida os marque el ritmo, ¿de acuerdo? –les preguntó mientras tenía en mente las ofertas que las mafias narco­traficantes hacían a aquellos jóvenes para captarlos en sus redes–. Por otra parte, ¿a que habéis tenido ganas de aban­donar?

- Sí, sí, estábamos agotados.

- En una carrera de fondo, parece que no tienes fuerzas, pero luego pasas otro umbral y sigues hasta la meta. En la vida pasa igual. Hay montones de veces en que tienes des­ánimo, cansancio y quieres tirarlo todo por la borda, pero hay que continuar adelante…

El religioso se sintió satisfecho cuando comprobó que aquel diálogo, aparentemente superficial, rompía el her­metismo de los chicos y les hacía reflexionar acerca de su existencia. Después de aquello, pudo alejarse de la misión con la sensación de haber vivido una experiencia inolvida­ble y ratificándose en su objetivo de perseguir que “los ma­ratonianos de la vida que sienten el cansancio y la tenta­ción de abandonar” continúen.

LA CARRERA DE LA VIDA

Tropezar y levantarnos después. Continuar el recorrido a pesar del dolor. Ser solidarios con quien va a nuestro lado y ha perdi­do el ritmo o, lo que es peor, el rumbo. Seguir adelante sin tener la meta a la vista. Sacar fuerzas de flaqueza de algún recóndito lugar para llegar adonde queremos cuando pensábamos que el temido muro acabaría con nosotros. Olvidarnos del compás que marca el grupo para no quedarnos sin resuello y seguir nuestro ritmo interior. Intentar ser protagonistas por unas ho­ras… ¿Hablamos del maratón? ¿O de nuestro día a día? ¿De am­bos, quizá? Tan íntimamente relacionados están el deporte, las pruebas atléticas de fondo en este caso, y el quehacer cotidiano que basta con fijarse en un ejemplo muy simple y que todos, con mayor o menor edad, hemos tenido que elaborar alguna vez: un currículum vitae. Esa suerte de álbum personal, hecho con pala­bras, fechas y referencias de los estudios y trabajos realizados, significa ni más ni menos que “carrera de la vida”.

Que un madrileño de 50 años, admirador de Joaquín Sabina, corra no es raro. Que viva en Roma, pase gran parte del año via­jando por todo el mundo por cuestiones de trabajo y saque tiempos muertos para trotar, tampoco. Que se inicie relativa­mente tarde (con 23 años) en el atletismo y que sus amigos le apoden Forrest Gump por llevar casi tres décadas corriendo, quizá algo más. Que sea un sacerdote católico, profesor (ahora en excedencia) de Sacramentos en la Universidad Pontificia de Comillas (Madrid), desde 2007 Prior General de la Orden de los Carmelitas y que teorice sobre la espiritualidad intrínseca al deporte quizá llame más la atención.

No le tiembla la voz al reconocer que correr es “una de las cosas más bonitas” que ha experimentado en la vida. “Corriendo he hecho amigos, he comprendido debilidades humanas, me he emo­cionado, he rezado y me he acordado de los que ya abandonaron esta carrera de la vida. Correr me ha hecho más humano”.

En su agenda de cada año, repleta de anotaciones para la adminis­tración y el gobierno de la Orden, viajes para visitar las misiones carmelitas en el mundo y páginas de escritura y lectura -obligadas unas y placenteras otras-, siempre hay tres citas imprescindibles, tan ineludibles como para cambiar en una ocasión los puntos acu­mulados en la tarjeta de una compañía aérea para “poder viajar en Business y dormir en el avión” antes de afrontar una de ellas: el Me­dio Maratón de Madrid, la Corsa contro il tumore del seno, en Roma, y, por encima de todas, la San Silvestre Vallecana.

“Es una prueba muy especial: es Nochevieja, nos volvemos más sentimentales porque echamos de menos a la gente que nos falta, es la única noche en que los españoles, como decía Mecano, hacemos algo a la vez, que es comernos las uvas… Y de repente vas subiendo la avenida de la Albufera, muerto de frío, con la adrenalina a cien, porque todo Vallecas se tira a la calle a animar. Para mí eso es una experiencia espiritual. Te acuerdas de la gente que falta y te anima a seguir caminando”, relata el prior general sobre la prueba madrileña.

Por Concepción M. Moreno