Bienvenidos a mi columna

Junto a la sommelier, cocinera y empresaria María Laura Ortiz cada sábado descubriremos por qué las cosas huelen a lo que huelen y cómo nuestro organismo las interpreta.

Foto: Gentileza
Foto: Gentileza

Muchas primaveras atrás, en una empresa procesadora y fraccionadora de especias, tés y cafés se incorporaba como peón un hombre joven. Este joven provenía de una humilde familia, era huérfano de padre pero había sido bendecido con una madre que valía por dos. Con el ejemplo del sacrificio y el trabajo honesto dado por sus padres, a los escasos 18 años ingresaba a la empresa MM quien, pese a ser tan joven, ya había acumulado años de experiencia. Con mucho por demostrar fue pasando por diferentes puestos de trabajos, posiciones que supo llevar exitosamente mientras se ganaba la confianza de sus pares y superiores. A la edad de 24 años fue ascendido a jefe de personal. En esa misma época, ingresa una joven operaria a la empresa, quien a sus 21 años también acumulaba horas, meses y años de trabajo. Seria, trabajadora y responsable, se ocupaba de procesar y fraccionar especias.

Para ella el tiempo en el trabajo transcurría entre sonrisas, especias, exquisitos aromas y alguna que otra flor que aparecía en su lugar de trabajo obsequiadas por el joven del relato. Los aromas del lugar variaban de acuerdo a la temporada en la que se encontraban. Durante la época de la canela todo tenía esa calidez de aromas, los recuerdos acogedores y la remembranza de los exquisitos platos que tradicionalmente se elaboraban con esta mágica especia. Pasaban las semanas y llegaba el momento de la llegada del orégano, ya deshidratado pero fresco en aromas, listo para deshojar y colocar en un paquete con el objetivo que llegara a cada hogar con la máxima calidad de aromas posibles. También existía una época difícil, donde se molía y fraccionaba la pimienta blanca, que por aquellos tiempos sobrevolaba toda la empresa y obligaba al uso de barbijos y lentes para evitar posibles reacciones.

Durante esta época de calidez de especias, de exquisitas mezclas de aromas en el aire surge el romance que llevaría a un casamiento, que por política laboral de la empresa la lleva a ella a renunciar. Este matrimonio que el día de hoy lleva 46 años y contando, dio nacimiento a tres hijos, los cuales por años compartieron tiempo en la empresa con su padre a la hora de salida del trabajo.

De este matrimonio nazco yo, la enamorada de las especias, la loca de los aromas, la que de niña amaba el transitar los amplios pasillos de la fábrica oliendo especias, tés y que disfrutaba de la mejor parte, del torrado del café antes de su molienda.

Estos años de experiencia donde condimentamos nuestra comida con las especias de la fábrica donde nació nuestra historia como familia, donde bebíamos té y café que habían sido elegidos y fraccionados por la empresa a cargo de mi padre. Productos a los que la fábrica les sumó fruta deshidratada, frutos secos y dulces, los que se agregaron a nuestra mesa, a nuestra cocina y a nuestras vidas.

Mi niñez e infancia transcurrió en una cocina de 35 metros cuadrados con ventanales al patio, chimenea y una gran mesa en el centro, donde se sentaban familiares, amigos y conocidos, ya que todos eran bienvenidos a la mesa. Donde nunca se preguntaba ¿Querés? sino que se servía al invitado sin preguntar siquiera. En esa cocina que no solo cocinaba mi padre, sino también mis dos amadas abuelas, donde cada comida era un banquete. Aún en las épocas más difíciles siempre se las arreglaron para tener la mejor comida con los más exquisitos aromas y sabores. Eran platos deliciosos que llevaban horas y horas de cocción, lo que hoy se conoce como slow food. Aquí y con estos alimentos nace mi historia, al lado de las abuelas, con mates, tortitas o buñuelos, al lado de las carnes cocinadas por mi padre, todo esto marcado por la fuerza y el tesón de mi madre.

Hoy soy hija, esposa, madre y profesional. Soy consultora, cocinera, sommelier, catadora, diseñadora de té, técnica en aceite de oliva y muchas cosas gracias a mi familia. Ya que somos lo que somos, por lo que comemos, por lo que olemos y por lo que amamos. Gracias a la suma de todos estos detalles que construyen nuestra memoria afectiva es que hoy vivo y disfruto de los ingredientes, de las técnicas y por sobre todo, de los aromas. 

Bienvenidos a mi columna de cada sábado, donde descubriremos por qué las cosas huelen a lo que huelen y cómo es que nuestro organismo las interpreta.

María Laura Ortiz
deautor@aromasdecocina.com
TW @AromasdeCocina