"Perdoname: no quería llorar"

Una charla a fondo con un condenado a prisión perpetua.

José Martín Rondán, y un Cristo. Foto: Ulises Naranjo / MDZ.
José Martín Rondán, y un Cristo. Foto: Ulises Naranjo / MDZ.

José Martín Rondán tiene 34 años y, si bien está claro que cuando una persona es condenada y encerrada se supone que está pagando por lo que hizo, es inevitable dejar de lado que lleva doce años preso y llevará algunos más, por haber sido partícipe de un horrendo crimen. Esta es la cotidianeidad para él: “Cada día que me miro al espejo veo también en mí a esa horrible persona que fue parte de la peor decisión que se puede tomar; interrumpir la vida de alguien. Yo sólo espero que el precio que estoy pagando sirva, porque me lo merezco. Hice daño a una persona, a una familia y a una sociedad y, por más que ahora yo sea otra persona, tengo que pagar como corresponde”, dice. 

Pues bien, ahora ocurre que el tipo es una celebridad. Desde su sitio de reclusión perpetua en medio del desierto, José Rondán atiende por teléfono a los medios y llega un punto en que se cansa de responder a las mismas preguntas. Cadena 3, Nihuil, Los Andes, Uno, todos quieren saber qué piensa el ex policía Rondán, el que se sacó diez en el examen de ingreso a la carrera Trabajo Social de la UNCuyo. “Yo ahora disfruto pertenecer a la Universidad Nacional de Cuyo. Después, vemos, porque la perpetuidad puede variar”, comenta José y deja ver su esperanza: que la prisión perpetua que paga, algún día cambie o que siga su proceso y en unos años logre la libertad condicional y así poder salir, estar con Verónica, su mujer, aquella que conoció hace cuatro años como integrante de la Pastoral Social y que, desde noviembre del año pasado, es su mujer.

Estaremos, tal vez, más de dos horas reunidos, charlaremos hasta decir basta e iremos desde su primera actitud distante, hasta ponerse a un llanto final, sin hacer mucho ruido y un estrecharse las manos como despedida. Conozcamos un poco a este hombre que ya tiene 34 años y que reúne las mismas contradicciones que a todos nos constituyen.

- ¿Y ahora..?

- Y ahora tengo un objetivo. Me gustaría algún día salir y trabajar en algún área social.

- Te has vuelto famoso.

- Yo no quería llamar la atención. Sólo le conté a mi mujer, ni a mi vieja le dije, pero se terminaron enterando todos cuando dieron los resultados. A mí no me gusta figurar.

- No debe haber sido fácil para un policía caer en cana…

- No fue fácil, pero he tenido suerte. Antes, estaba en la Unidad 6, con otros policías y después, cuando vine para Almafuerte, me pusieron en un pabellón con ex policías, gendarmes y penitenciarios. Igual, nadie te regala nada. Yo aprendí peluquería y le corto el pelo a los milicos, pero les cobro $4, que después le doy a mi mujer, y no ando haciéndome el amigo de nadie, porque yo soy un interno.


- A todos los medios les decís lo mismo: que te esforzaste, que te costó, que querés salir a laburar en lo social…

- Es que parece que todos quieren saber lo mismo. Y la verdad es que yo no soy una persona muy inteligente. Me cuesta mucho retener las cosas. Tengo que estar mucho tiempo para que se me quede lo que estudio. Y respondo lo que me preguntan...

- Bueno, tiempo es lo que te sobra, vas a estar muchos años más preso.

- Sí, tiempo es lo único que me sobra. Y todo esto es nuevo: vos venís, los medios llaman. Todos quieren saber cómo fue.

- ¿Cómo fue?

- Mi esposa me inscribió en la universidad para rendir antes de que hubiera un acuerdo con la Penitenciaría. Lo hicimos solos a esto. Yo antes había terminado el secundario en la cárcel. Rendí libre las trece materias que debía. Y el examen de ingreso a la universidad fueron veinte preguntas sobre comprensión lectora y un módulo socio-histórico.

- ¿Esperabas el 100%?

- No. Estudié mucho pero no creí que me fuera a ir tan bien. Lo importante es que trato de no estudiar de memoria, sino de comprender bien.

- Tu mujer era de la Pastoral Penitenciaria, ¿estar en cana te hizo empezar a creer en Dios y todo eso?

- Imaginate que sí, pero no es tan simple como que, de pronto, empezás a creer. Yo me di cuenta de que no podía vivir si no creía en algo, si no tenía un eje. Cuando me trajeron de la Unidad 6 acá, creí que me moría. Allá estábamos mucho mejor, con televisión, Internet…

- Bueno, pero eso era porque todos ustedes, los presos de esa unidad, han sido policías, entonces el sistema tiende a darles beneficios que un preso común no tiene.

- Está bien, pero de pronto nos trajeron al desierto. Yo le dije a mi mujer y a mi vieja que no vinieran nunca acá, que esto lo enfrentaba solo. Mi papá iba dos veces por semana a verme a la unidad. Antes de ir a la cancha, pasaba un ratito. Acá no ha venido nunca.

- Entenderás que todo eso lo tenías porque la corporación policial te lo daba y que a lo mejor no era lo más justo que te lo dieran…

- Sí, está bien, pero yo te estoy contando lo que se siente con el cambio. No fue fácil. Yo sé que metí la pata, fui parte de algo terrible, no estaba en equilibrio ni en sobriedad, pero lo pago. Hace doce años que mi familia arrastra conmigo, pero está bien, corresponde. Y creer en Dios me ayudó a vivir con un objetivo. Ahora, Dios es mi auspiciante.

- Bueno, no te fue tan mal como a la víctima del crimen.

- Tenés razón, por eso yo tengo que pagar el precio que corresponde por el hecho que ocurrió. Y es raro: yo ahora me siento “exitoso”, pero lo siento por pertenecer a una institución tan importante como la Universidad Nacional de Cuyo, una de las más grandes de Latinoamérica. Y disfruto estar estudiando, no recibiéndome. Esto no lo voy a vivir dos veces, es como cuando comés el primer puré de tu vida: podés volver a probarlo, pero ya no es lo mismo.

- ¿Cómo te enteraste?

- El jefe de módulo me dijo: “Cómo te hacés el huevón vos”. ¿Por qué?, le dije. “Porque te sacaste 100% en el examen. El lo leyó en tu diario de Internet y fue a contármelo. Yo no quería que nadie pensara que me hacía el inteligente, porque no soy inteligente.

- A mí también me parece que te hacés el huevón.

- ¿Sí? Yo no quiero ser soberbio, ya tuve tiempo para ser soberbio y mirá lo que hice. Pensé que dominaba todo y no dominaba nada.

- ¿Y qué querés respecto de tu condena?

- Yo quiero que me cambie la “perpetuidad”, porque ahora se dan años, no prisiones perpetuas. Busco una conmutación de pena.

- Pero debe ser más difícil, porque vos y tu compañero eran policías cuando cometieron el crimen… 

- Sí, pero a nosotros nos juzgaron como civiles. Y mi compañero a los diez años, ya logró rebaja. Creo que por jurisprudencia, me corresponde. Y por una cuestión legal, espero que me bajen la perpetuidad a 25 años…

- Usás mucho la palabra perpetuidad.

- Y, ¿qué querés? Es inevitable, pero de Zaffaroni para abajo, todos hablan así.

- Acá, en Almafuerte, por lo que se ve te tratan bien.

- Sí, pero tampoco soy amigo de nadie. Me siento útil, nadie me regala nada y yo no ando chupando nada a nadie… ¿Se entiende? Venir a Almafuerte casi me cuesta el matrimonio. Mi mujer y mi vieja, durante un año lloraron desde que llegaban hasta que se iban. Es muy duro venir al desierto. Yo antes estaba en un lugar que es muy distinto a todo esto.  

- Pero acá se ve el cielo, se ven los cerros…

- Sí, no estoy libre, pero tampoco estoy atado.

- José…

- ¿Qué?

- Sos un tipo inteligente, y a la vez…

- ¿A la vez qué?

- Sos un boludo.

- Sí, soy un boludo. Y todo esto me pasa por boludo y por haber decidido interrumpir la vida de una persona. Con mi compañero, fuimos ciegos y decidimos hasta dónde tenía que vivir una persona. Es terrible. Soy un boludo, entiendo lo que decís. Imaginate la cantidad de veces que me lo ha hecho ver mi mujer o mi hija…

- ¿Tenés una hija?

- Sí. Tiene diez años y vive en Buenos Aires. Hablo con ella por teléfono. ¿Querés ver una foto qeu tengo acá, guardada en el celular..?

- Sí.

- Qué linda es, ¿viste..?

- Muy linda. Bueno, me voy.

- Sí, claro. Gracias por venir. Y perdoname: no quería llorar.