Cada vez más acorraladas entre la imposibilidad de exportar, el aumento de los costos de producción y el amesetamiento de la demanda de consumo interno, prácticamente todas las cadenas alimentarias están en jaque y sin posibilidades en el corto plazo para revertir alguno de los términos negativos de la ecuación (excepto seguir endeudándose).
Los consumidores locales llegaron a sus máximos y, más vale, tienden a disminuir sus compras, tal como está ocurriendo con los quesos, carne vacuna, harinas y distintas bebidas.
Por otro lado, también la demanda internacional está alicaída, debido a la fuerte desaceleración económica mundial que, ni aún China, el arrollador gigante asiático, logra neutralizar con su actual crecimiento de 7% anual.
El asunto reviste especial gravedad para la Argentina, al mantenerse fuertes restricciones al comercio externo por parte del propio Gobierno que, vía Roes, cupos, permisos, y otras limitaciones, acota sensiblemente las posibilidades de cualquier producto que pudiera haber llegado a sortear estos fuertes condicionamientos internos, algo que hoy resulta casi imposible para la mayoría.
Es que con costos de producción aumentados (en dólares), tarifas y fletes que sacan de competencia a buena parte de las regiones, un tipo de cambio que cada vez está más despegado del de los países competidores, y las cotizaciones internacionales en baja, casi no queda rubro competitivo en pie, aún si no tuvieran que computar los descuentos extra que implican los impuestos a la exportación (retenciones), que pesan con distinta magnitud en todo el sector agropecuario.
Más aún, tanto los crecientes costos laborales, como los propios costos de estructura se hacen insoportables y, tras adelantar vacaciones, reducir al máximo las horas extras, y hasta cortar turnos (cuando esto es posible), a buena parte de las empresas agroindustriales, o relacionadas, se les hace imposible continuar.
Esto se percibe claramente con el alargamiento de los plazos de pago, hasta directamente el corte de la cadena, lo que repercute ya en sectores muy diversos, incluyendo proveedores de insumos que, en general, no son considerados dentro del sector "agropecuario".
El caso es que, a la profundización de la pérdida de fuentes de trabajo, que comenzó hace tiempo con los tambos (ya cerraron cerca de 7.000 en la última década), y luego fue seguida por los frigoríficos vacunos, de los que se perdieron cerca de 200, incluyendo la casi totalidad de las inversiones extranjeras, se le fueron agregando paulatinamente otros rubros, como fábricas de maquinarias y equipos, y proveedores de servicios.
Y a esto hay que agregar el ítem para nada menor de los "pools" de siembra, conformados por capitales locales y externos, que hasta hace 2 a 3 campañas atrás justificaban la siembra de algunos millones de hectáreas, y que se alejaron prácticamente en su totalidad, en parte, hacia países de la región (Paraguay, Uruguay, Bolivia, entre otros).
Esto, sin duda, agudizó el endeudamiento del campo ya que, para mantener las áreas de producción, muchos tuvieron que apelar al endeudamiento, situación que hoy parece lejos de revertirse, tanto para productores, como para industrias y proveedores.
Así, el círculo virtuoso, se transformó definitivamente en "vicioso", y la Argentina perdió el fenomenal impulso que durante casi una década, le dieran los extraordinarios precios internacionales de la mayoría de los commodities, a casi todos los países de la región.
Estos, no sólo crecieron y consolidaron su rol de productores de alimentos, sino que en más de un caso desplazaron a la Argentina como proveedor en distintos mercados, tema que debe ser considerado, también, como uno de los costos "ocultos" de este período.
También la pérdida de suelo por la falta de reposición de nutrientes, el envejecimiento del parque de maquinaria, o el profundo déficit en materia de infraestructura que, entre otras cosas, tendrá que afrontarse en el próximo ciclo político, junto con el saneamiento de las deudas explícitas de toda la cadena.
Fuente: Noticias Argentinas