Las conversaciones con los líderes empresariales de Brasil suelen durar dos horas, y nunca más de cuatro. La presidenta Dilma Rousseff hace preguntas muy específicas, pero sobre todo escucha atentamente, mirando a sus interlocutores con una mueca inescrutable que ocasionalmente enerva a sus invitados.
Se habla de inversiones y de la necesidad de expandir la prosperidad, uno de los temas favoritos de Rousseff. Pero en estas reuniones la conversación vuelve inevitablemente a los severos cuellos de botella que frenan el crecimiento económico tras una década de acelerada expansión, informa la agencia Reuters.
"Brasil necesita concentrarse ahora en asuntos como la productividad y la reducción de costos, porque esa es la única forma en la que podemos crecer de una manera sostenible", dijo Marcelo Odebrecht, presidente del conglomerado global que lleva el nombre de su familia.
"Nos hemos dado cuenta de eso y la presidenta se está moviendo en esa dirección", dijo en una entrevista. "Ese es su foco: ver esos obstáculos y hacer que Brasil vuelva a crecer".
Sin una recuperación de la inversión, que ha ido bajando sostenidamente desde que Rousseff llegó al poder, Brasil no dispondrá de los recursos necesarios para enfrentar sus problemas de infraestructura y empleo.
Las reuniones, que se intensificaron en las últimas semanas, son una parte crucial de los esfuerzos de Rousseff por convencer a los ejecutivos brasileños de volver a invertir y ayudar a levantar la economía después de dos años consecutivos decepcionantes en materia de crecimiento.
Los encuentros con líderes empresarios como Odebrecht y el magnate de la minería y del sector energético Eike Batista se dan mientras Rousseff, que en los años 70 fue una guerrillera marxista que luego devino en una izquierdista pragmática, trata de exorcizar su imagen de ser poco amistosa, e incluso hostil, con el sector privado.
En la mitad de su mandato de cuatro años, Rousseff, la hija de un aristócrata búlgaro, ha hecho muchos enemigos en el mundo de los negocios.
Condenó a los bancos por cobrar tasas de interés elevadas, intervino fuertemente en el mercado de cambios y emprendió duras reformas como una reducción de las tarifas eléctricas que recortó miles de millones de dólares el valor de algunas empresas extranjeras.
Rousseff, de 65 años, ha dicho que sus decisiones respetan los contratos y las leyes existentes y que eran necesarias para intentar que la economía brasileña volviera a sus días de rápido crecimiento de fines de la década del 2000.
Su capacidad para convencer a los líderes empresariales de que eso es cierto podría ser clave para el resto de su presidencia.
Sin una recuperación de la inversión, que ha ido bajando sostenidamente desde que Rousseff llegó al poder, Brasil no dispondrá de los recursos necesarios para enfrentar sus problemas de infraestructura y empleo, que llevaron a la economía a crecer apenas un 0,9 por ciento en el 2012.
Al mismo tiempo, un estancamiento prolongado podría poner en peligro su esperado intento de reelección en el 2014.
Reuters conversó con ministros, asesores presidenciales y líderes de empresas que estuvieron en las reuniones, intentando determinar por qué los ejecutivos, en general, no atienden el llamado de Rousseff a tomar riesgos y permitir que surja el "espíritu animal", en referencia al término aplicado por el economista británico John Maynard Keynes, uno de sus autores favoritos.
Dilma Rousseff junta a Lula.
Los hombres de negocios dicen que Rousseff se muestra receptiva a sus opiniones y que está centrada en los problemas correctos. Pero defiende ardientemente su visión de que el Estado debe intentar moldear la economía para que todos los brasileños puedan prosperar.
Esa filosofía ha guiado a Brasil durante los últimos 10 años de Gobierno del Partido de los Trabajadores y ayudó a convertirlo en unas de las pocas naciones donde la desigualdad cayó a medida que crecía la economía. Sin embargo, algunos creen que también eso explica porqué algunas decisiones fracasaron.
"Siempre desafía a esta gente: tienes que pensar como una empresa, pero también en Brasil", dijo el ministro de Industria y Comercio Exterior, Fernando Pimentel, uno de los asesores más cercanos de Rousseff que participó en algunas de las reuniones.
Una lider muy popular
Desde su llegada al poder el 1 de enero del 2011, la primera mujer presidente de Brasil ha sido mayormente bien evaluada. Su nivel de aprobación se mantiene sobre el 70 por ciento en gran medida gracias a que el desempleo permanece en niveles históricamente bajos a pesar del deslucido momento económico.
Su mano dura contra la corrupción y la adopción de algunas políticas de libre mercado como la privatización de aeropuertos y carreteras, han permitido a Rousseff salir de la sombra de su popular predecesor, Luiz Inácio Lula da Silva, que catapultó a la poco conocida economista a la presidencia en el 2010.
En una región caracterizada por líderes carismáticos como Lula o el mandatario venezolano Hugo Chávez, Rousseff se destaca por ser gris o intimidadora, según quién opine.
Sus asesores dicen que detesta los aspectos ceremoniales de la presidencia, evitando las cenas y los eventos para socializar con congresistas y visitantes extranjeros en las que Lula siempre se destacaba.
Rousseff da pocas conferencias de prensa y abandonó su cuenta de Twitter casi inmediatamente después de ganar las elecciones. "Hablemos más a menudo en el 2011", dice su tuit más reciente.
Pero en general los brasileños ven esos gestos como señales de una líder seria y trabajadora. Especialmente entre los pobres, cuyas vidas mejoraron dramáticamente durante la última década, Rousseff es vista como una benefactora, la "madre de Brasil", como Lula la bautizó en 2010.
En los despachos corporativos de Sao Paulo, capital financiera y de negocios del país, la visión es menos romántica.
Aunque prácticamente nadie acusa a Rousseff de ser una izquierdista radical al estilo de Chávez o del presidente de Bolivia, Evo Morales, muchos dicen que interviene demasiado en el manejo de la economía brasileña, de 2,2 billones de dólares.
Y que asustó a algunos inversores, que nunca entendieron muy bien cuál sería su próxima jugada.
"Creo que la mayoría de los inversores entiende que no está reintroduciendo viejas ideas socialistas. No se trata de eso", dijo Paulo Vieira da Cunha, un ex vicegobernador del Banco Central y actualmente socio de Tandem Global Partners, fondo de cobertura en Nueva York.
"Se trata de su creencia en la planificación central, en una política industrial activa donde el Gobierno toma las decisiones críticas", dijo. "Eso no es algo que ocurra sólo en Brasil, por cierto (...), pero ha molestado a algunas personas".
Mano pesada
De hecho, no hay ningún sector económico importante que Rousseff no haya tocado de manera significativa en los últimos dos años.
Ocho meses después de asumir el poder, la industria bancaria brasileña fue sacudida por la sorpresiva decisión del banco central de reducir la tasa referencial de interés Selic, que desde entonces ha bajado desde un 12,5 por ciento hasta el actual mínimo histórico de 7,25 por ciento.
Rousseff acusó públicamente a los bancos privados de no recortar sus tasas de préstamo con la rapidez necesaria para acompañar la caída de la Selic y calificó sus acciones de "inadmisibles". Y cuando la inflación mensual llegó en enero a su mayor nivel en casi ocho años, algunos inversores dijeron que la flexibilización monetaria había ido demasiado lejos.
La presidenta también se involucró personalmente en el manejo del tipo de cambio, que ha oscilado entre 1,52 y 2,13 reales por dólar durante su mandato. De formas impredecibles, el Gobierno intentó fortalecer y debilitar alternadamente la moneda, sembrando confusión entre las empresas.
Incluso la reducción de impuestos, la táctica política preferida del mundo de los negocios, ha generado incertidumbre en el Gobierno de Rousseff.
En vez de anunciar un recorte generalizado, Rousseff ha aplicado medidas sector por sector, implementando reducciones específicas de impuestos de duraciones inciertas para industrias como la de los vehículos y los electrodomésticos. Su Gobierno ha anunciado más de veinte paquetes de estímulos diferentes.
Por último, la mandataria ha tomado algunas decisiones que van abiertamente contra los intereses del capital privado.
Obligó, por ejemplo, a la petrolera estatal Petrobras a importar gasolina y venderla a pérdida, una política que comprometió los planes de inversión de la compañía y contribuyó al declive de 30 por ciento de las acciones desde que Rousseff asumió la presidencia.
El Bovespa, el principal índice de acciones de Brasil, ha perdido un 20 por ciento desde que la mandataria llegó al poder, mientras que en el mismo período la bolsa mexicana y el índice industrial estadounidense Dow Jones, avanzaron un 18 y un 20 por ciento, respectivamente.
El centro de estudios Eurasia Group dijo en febrero que las políticas del Gobierno y la mala comunicación habían llevado a un "problema de credibilidad con el sector privado".
El resultado: la inversión cayó un 4 por ciento en 2012, y hoy representa apenas un 18,1 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB).Eso deja a Brasil con el ratio inversión/PIB más bajo entre las demás grandes economías de América Latina. Muy por detrás de tasas que bordean el 28 por ciento en Perú, Colombia y Chile. Como consecuencia, algunos integrantes del equipo económico de Rousseff temen que la tasa potencial de crecimiento económico no supere un mediocre 3 por ciento en los próximos años.
Los avances logrados en todas esas áreas han ido más rápido de lo que cualquier economista o analista político hubiera pronosticado, aunque algunas iniciativas, incluyendo un plan reciente para forzar una reducción en el costo de la electricidad, han causado fuertes pérdidas a algunas compañías.
¿Mayor esfuerzo?
Dentro del Palacio Planalto, la sede del Gobierno en Brasilia, "perplejidad" es la palabra que mejor describe la reacción al comportamiento de algunos inversores.
Según sus ministros y asesores, Rousseff ha pasado gran parte de su presidencia atendiendo explícitamente a la comunidad empresarial. Y muchas de las políticas por las que ha sido criticada fueron resultado de las demandas de los empresarios, afirman.
En parte es cierto. En un discurso del 2010 previo a la campaña, Armando Monteiro Neto, entonces presidente del principal lobby industrial CNI, señaló a las tasas de interés, la excesiva apreciación del real y el elevado costo de recursos como la electricidad como los principales problemas de la economía a los impuestos.
Los avances logrados en todas esas áreas han ido más rápido de lo que cualquier economista o analista político hubiera pronosticado, aunque algunas iniciativas, incluyendo un plan reciente para forzar una reducción en el costo de la electricidad, han causado fuertes pérdidas a algunas compañías.
"Hizo lo que los empresarios habían pedido, y con cierta velocidad", dijo Luiza Helena Trajano Rodrigues, presidenta ejecutiva de la cadena minorista Magazine Luiza, una de las empresarias que se ha reunido frecuentemente con Rousseff.
"Parte de las críticas parecen un poco extrañas", dijo en una entrevista reciente. "Ha hecho muchas cosas difíciles".
Pese a haber sido elegida principalmente como figura de continuidad, Rousseff ha tomado algunas decisiones a favor de los negocios que eran impensables con Lula, un ex líder sindical.
Fue criticada por sus correligionarios del Partido de los Trabajadores por privatizar los aeropuertos de Sao Paulo, Río y otras ciudades. Además, redujo las jubilaciones para los nuevos empleados públicos, una medida que le permitió reforzar las ordenadas finanzas públicas.
Una lectura de los problemas de Brasil es que después de que el boom de las últimas dos décadas sacó a unos 30 millones de personas de la pobreza, las políticas que funcionaron con Lula se agotaron.
Eso significa que no hay más espacio para crecer mediante la expansión de crédito a los consumidores, principal motor entre el 2007 y el 2010. Así que a Rousseff le ha tocado implementar reformas estructurales duras que eventualmente podrían dar paso a una nueva era de crecimiento, pero que en el corto plazo generan incertidumbre.
Pimentel, que conoce a Rousseff hace cuatro décadas, dice que la difícil situación económica global también la obligó a volverse más reformista tras su primer año de presidencia.
"Vio claramente los cuellos de botella que tenía y tiene la economía brasileña", dijo. "(Rousseff) sabía que no podíamos postergar hacernos cargos de esos cuellos de botella, porque en un mundo totalmente convulsionado por la crisis europea corríamos el riesgo de perder competitividad".
Compartiendo la riqueza
Apresurándose para evitar ese escenario, Rousseff abrió de par en par las puertas a líderes empresariales desde el sector financiero hasta la siderurgia, la aviación y otros, y logró convencer a algunos que la miraban con escepticismo.
La presidenta está pendiente especialmente de nuevas ideas de políticas y midiendo la salud de la economía. Pero tampoco se corta a la hora de pedirle a los empresarios que se desprendan de su dinero.
Por ejemplo, un asesor dijo que en un encuentro ocurrido el 10 de enero con Odebrecht, le pidió que considerara invertir en futuras concesiones de aeropuertos. El 16 de enero Rousseff se reunió con Batista, cuyo grupo incluye a la petrolera OGX, y le solicitó que participara en una serie de licitaciones petroleras previstas para este año.
Frecuentemente, Rousseff reúne en el palacio presidencial a ejecutivos de alto rango, en grupos de a veinte, para la realización de "foros de presidentes ejecutivos". El próximo encuentro está previsto para el 19 de marzo.
Pero pasar tiempo con empresarios no ha sido garantía de que los esté convenciendo de invertir.
El principal contacto de Rousseff con el mundo empresarial es seguramente Jorge Gerdau Johannpeter, un magnate del acero de 76 años, al que nombró presidente de la Cámara de Políticas de Gestión, otro nexo entre el Gobierno y el sector privado. Gerdau viaja a menudo a Brasilia y en enero se reunió con Rousseff durante cuatro horas.
Sin embargo, el 21 de febrero la compañía que Gerdau preside -Gerdau SA, el segundo mayor fabricante mundial de acero para la construcción-, anunció un recorte del 17 por ciento en su plan quinquenal de inversiones.
La empresa dijo que redujo su gasto de capital un 24 por ciento sólo en el cuarto trimestre del 2012 y atribuyó sus decisiones a las "incertidumbres que afectan a la economía global". Una portavoz de la firma no respondió a las múltiples solicitudes de entrevista de Reuters.
El malestar en el sector privado brasileño explica por qué en las elecciones del 2014 Rousseff podría ser vulnerable a un candidato más abierto al mercado, como el senador del Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB) Aecio Neves, o el gobernador del estado de Pernambuco, Eduardo Campos.
Sin embargo, las encuestas indican que por ahora Rousseff tiene popularidad suficiente como para ganar holgadamente. Además, un inesperado aumento del 0,5 por ciento en la inversión en Brasil durante el último trimestre de 2012 indicaría que algunos empresarios también están recuperando el optimismo.
Odebrecht, que tras reunirse con la presidenta anunció que su empresa invertiría 8.500 millones de dólares este año -una tercera parte más que en el 2012- dijo que con el tiempo los ejecutivos podrían aprender a vivir con cierto nivel de incomodidad.
"La gente puede decir: 'Yo lo hubiera hecho de otra forma'", dijo. "Pero creo que es difícil criticarla por conceptos e intenciones. Lo que ella está haciendo es bueno para Brasil".