La muralla está empezando a agrietarse. Durante años, China le ha puesto trabas a la entrada y salida de capital de su economía, la segunda mayor del mundo. Ahora, el gobierno de Beijing está promoviendo una campaña para que el yuan juegue un rol protagónico en el escenario global y, como consecuencia, están apareciendo fisuras en esa monumental barrera financiera.
Un yuan que sea utilizado más ampliamente en el comercio internacional y en las inversiones podría llegar a desafiar la supremacía del dólar, corregir algunos de los desequilibrios que plagan la economía china y la global y obligar a un Estados Unidos derrochador a vivir dentro de sus posibilidades.
No será una transición fácil. Hay poderosos intereses creados en China que están satisfechos con el status quo y que intentarán frenar cualquier intento de reforma. Pero los cambios que China ha implementado hasta ahora han generado ímpetu tanto dentro como fuera de sus fronteras y podrían resultar demasiado fuertes como para ser resistidos.
Durante más de una década, el hermetismo del capital chino ha sido una característica definitoria de la economía global. Ha aislado al país del flujo internacional de capital, lo que le ha permitido salvarse de la crisis asiática de 1997 y salir prácticamente ileso de la crisis financiera estadounidense de 2008.
Además, al negarles a los mercados de divisas un papel en la fijación del tipo de cambio, el gobierno ha podido mantener el valor del yuan en un nivel artificialmente bajo, alimentando un auge exportador que ya dura 30 años. Dado que los ahorradores chinos no pueden llevar su dinero al extranjero, los bancos han ofrecido bajas tasas de interés, manteniendo el costo del capital para la industria a precios bajísimos y apuntalando una ola de inversiones.
Shenzhen es un buen ejemplo: la que en 1979 era una aldea de pescadores es ahora una ciudad de 14 millones de habitantes construida alrededor del cuarto puerto de mayor tráfico del mundo. El capital de bajo costo subsidió la construcción de infraestructura de transporte y energía, fábricas y plantas de ensamblaje. Un yuan subvaluado, combinado con la mano de obra barata, le dio una ventaja competitiva a sus empresas frente a rivales extranjeros.
Pero la manipulación del tipo de cambio y las tasas de interés bajas tiene un costo. El capital barato se ha traducido en un exceso de capacidad en el sector industrial y burbujas en el mercado inmobiliario. La gestión del tipo de cambio en un momento de superávit comercial ha resultado en la acumulación de reservas descomunales en moneda extranjera: US$3,04 billones (millones de millones) para los que China tiene pocas opciones aparte de reciclarlos como créditos baratos para Estados Unidos.
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