El malbec es marca país. El torrontés, una tradición. Y el vino, todo, una pasión nacional. Tanto así que ahora, y producto de cuatro años de intenso trabajo, la bebida de Baco cuenta con su propio museo, emplazado en los Valles Calchaquíes, en pleno corazón salteño. El museo de la vid y el vino busca promover el conocimiento, exaltar los sentidos y emocionar al público con recursos visuales y narrativos, según explican sus creadores.
Inaugurado oficialmente el viernes pasado, este espacio de 2.500 metros cuadrados ofrece un recorrido interactivo que puede ser visitado por personas de todas las edades. “Es algo diferente.
Todos los museos del vino, en general, son espacios que cuentan cómo se realiza el proceso para desarrollar esta bebida. Nosotros buscamos convertir al museo en una experiencia, no para contemplar sino para disfrutar con los cinco sentidos”, comenta Héctor Berra, responsable del diseño del concepto y de la dirección creativa. En este sentido, atravesar una viña en época de vendimia o caminar sobre un río son algunas de las sensaciones que será posible experimentar.
Al recorrer sus distintas áreas, el visitante podrá adentrarse en una propuesta que le permitirá conocer la geografía, cultura e historia de los Valles Calchaquíes, así como el proceso de elaboración de vinos y su proyección al mundo. No por nada, los viñedos de la región se extienden a lo largo de más de 1.800 hectáreas, entre las localidades de Cafayate, San Carlos, Angastaco, Molinos y Cachi. Muchos de sus vinos, producidos en altura, alzaron orgullosos la etiqueta premium.
Las exhibiciones, asimismo, se desarrollan en dos espacios arquitectónicos que establecen un contrapunto entre la imagen tradicional del antiguo local y la modernidad del nuevo edificio.
El museo tiene poesía, música, tierra. La tradición de hacer vinos en esta región tiene cinco siglos. Todo esto está reflejado y por eso el museo ofrece dos espacios: la sala 1, que gira en torno a la memoria de la vid, y la sala 2, que lo hace alrededor a la memoria del vino”, agrega Berra.
En primera sala predomina la oscuridad de modo que el visitante pueda sentirse inmerso en un ámbito sin coordenadas, explican sus creadores. En la segunda, en cambio, que se encuentra ubicada donde antiguamente se encontraba La Bodega Encantada –un espacio especialmente restaurado-, se hace hincapié en el pasado, el presente y el futuro del vino salteño.
El proceso de obra consistió en conciliar el estilo antiguo que imperaba en predio de la vieja bodega con una arquitectura contemporánea, donde se desarrolla la sala 1 y el gift shop. Respetando la arquitectura interior, se transformó el espacio en una exhibición con diseños y técnicas modernas.
“Incorporamos, además, la idea de los colores de los cerros. Por eso, en el exterior abundan los tonos rojizos, ocres y tostados, para fusionar el museo con el paisaje”, comenta el arquitecto Gustavo Borlasca, a cargo del proyecto. El circuito total se encuentra conducido por una gran pasarela que vincula los espacios.
“La visita termina con la posibilidad de la degustación en un patio extraordinario, donde está ubicado el wine bar y una boutique de vino”, completa Berra.
Fuente: Cronista.com