Análisis: ¿A qué edad comienza la vida?

"Enfrentados con la insatisfacción de sus electorados ante la fragilidad de los avances económicos, los propios políticos están incorporando estas consideraciones a su proceso de toma de decisiones". La columna del economista Martín Lousteau, en La Nación de Hoy.

Foto: EFE
Foto: EFE

a crisis económica global parece estar dando lugar al surgimiento de profundos interrogantes. Y éstos no sólo tienen que ver con los orígenes del problema, con qué puede pasar de aquí en más o qué hacer para evitar episodios similares en el futuro.

Cuando alguien sufre una experiencia lo suficientemente poderosa como para alterarle la vida, suelen venir tiempos de replanteos. De igual manera, el cataclismo económico global que seguimos experimentando parece estar teniendo efectos similares en la propia ciencia económica. Como un hombre que padece la crisis de los cincuenta


La disciplina fría de antaño está paulatinamente borrando el signo "$" de sus pupilas y abriendo sus puertas a investigaciones focalizadas en la satisfacción vital de las personas. Esta nueva área de estudio -conocida como Economía de la Felicidad- nació informalmente a mediados de la década del 70 con el trabajo seminal de Richard Easterlin (que analizaba la relación entre la felicidad y la riqueza en base a una serie de encuestas llevadas a cabo en diecinueve países entre 1946 y 1970), pero su auge es ciertamente un fenómeno de los últimos años.

Enfrentados con la insatisfacción de sus electorados ante la fragilidad de los avances económicos, los propios políticos están incorporando estas consideraciones a su proceso de toma de decisiones. En 2008, el presidente francés Nicolás Sarkozy le encargó la tarea de analizar estos temas a la "Comisión sobre la Medición del Progreso Económico y el Bienestar Social" compuesta, entre otros, por dos premios Nobel: Joseph Stiglitz y Amartya Sen. Y más recientemente David Cameron, el premier británico, anunció que su gobierno comenzaría a elaborar estadísticas sobre el bienestar.

Terminá de leer esta columna de La Nación haciendo clic aquí.