Distintos políticos han afirmado en estos días su deseo: que se eliminen las retenciones a las exportaciones. Evidentemente quieren
congraciarse con el sector exportador de bienes agropecuarios.
Pero veamos qué está en juego. ¿Es gratis eliminar las retenciones?
Eliminar las retenciones implicaría una disminución de los ingresos del Estado, por lo que un primer efecto sería menor recaudación y por ende
problemas fiscales.
Pero en realidad ese es el menos relevante de los efectos.
Un efecto más sensible sería el aumento del precio del pan, la leche, el maíz, la carne, el cerdo, en general los alimentos. El caso es simple, los
bienes transables (es decir los que se compran y venden entre países) se comercian a precios internacionales. Las retenciones “despegan” los precios internos de los internacionales y generan que paguemos más barato, por ejemplo, la harina de lo que pagaríamos sin retenciones.
Entonces un segundo efecto sería que aumentarían los precios de los alimentos, pues de lo que hablamos es de alimentos que es lo que exportamos y tiene retenciones.
Suele aducirse que no consumimos soja y en consecuencia no tendría relevancia en este sentido eliminar la retención a la soja. Es sorprendente
cómo economistas ortodoxos apelan a argumentos como éste, que viola su propia lógica, lo que demuestra claramente su mala fe.
La eliminación de las retenciones a la soja produciría una superganancia adicional a los productores de soja, por lo que quien tiene que decidir el producto a sembrar optaría por soja, haciendo prácticamente nula la producción, por ejemplo, de trigo, con lo que el precio del trigo subiría por su escasez o por la necesidad de importarlo. Así, claramente, una reducción de las retenciones a la soja aumentaría el precio de la harina, del pan y de los alimentos en general.
Pero hay más, un efecto que sería más trascendente aún que el precio de los alimentos, el efecto sobre el modelo de desarrollo nacional. Las retenciones permiten determinar tipos de cambio diferenciales. Así, la producción de soja en la pampa húmeda tiene un dólar efectivo distinto a la producción metalúrgica en Mendoza.
Esto es fundamental para evitar lo que Aldo Ferrer y otros llaman “la enfermedad holandesa”, consistente en la determinación del tipo de cambio al precio que hace rentable la producción más eficiente del país; es decir esta anomalía implicaría que tendríamos un dólar barato con el que sólo podríamos producir soja y otros granos en la pampa húmeda, no
habría industria porque convendría importar y no habrían economías regionales porque no serían competitivas; eso sí, no habrían retenciones.
Un caso análogo (con otro marco legal) ocurrió durante la convertibilidad.
Lógicamente, ese modelo sustentado en la pampa húmeda, ahora ampliada a través de la genética vegetal, tiene un excedente de 30 millones de argentinos.
Lo que deberíamos intentar para un desarrollo nacional integrado es proteger las rentabilidades sectoriales y la diversidad productiva y ello se hace con retenciones, con tipos de cambio diferenciales.
Mendoza se juega su futuro en esta encrucijada. Los mendocinos no deberíamos confundirnos porque terminaríamos atentando contra nosotros mismos.