Postales desde... ¿el paraíso?

Cómo le afecta la crisis a los argentinos, especialmente mendocinos, que viven en los Estados Unidos. "Willy" cuenta cómo repercutió en Miami.

La “Mesa de los galanes” (en obvio homenaje al Negro Fontanarrosa) empezó hace unos 4 años. Los autodenominados “fundadores”, (los dos Martin y yo) decimos -por supuesto- que la empezamos nosotros. Y es la verdad. Los que fueron llegando (Ale, Fernando, Claudio, Gustavo, Mariano, Pablo y de vez en cuando, Cristian, Carlos y algún otro) se adjudican algún mérito, pero ni siquiera saben cómo y por qué empezamos a juntarnos a almorzar los viernes.

Es que no hay muchas analogías con los amigos del “Negro”. Allá se juntaban a tomar interminables cafés en el bar El Cairo. Acá es un almuerzo rápido (empieza a la una puntual y termina, con cortadito incluido, a las dos y cuarto) y vamos rotando de lugar. Puede ser “El peruanito” donde se  come bife encebollado y papas a la vizcaína; Xixon (pronúnciese “Chichón” porque es catalán) atendido por gallegas de verdad, divinas, donde hay todo tipo de tapas y bocadillos que necesariamente se acompañan con sidra helada; Rosinella y Tutto Pasta (no hace falta aclarar sobre el menú). Novecento es un clásico para comer lomitos, empanadas o milanesas a caballo. Últimamente vamos seguido  a Lolita, restaurant postmoderno e increíblemente barato.

Pero la gran diferencia es que el Negro y  sus amigos se juntaban en un bar de Rosario. Acá estamos a 15.000 kilómetros de distancia. Estamos en Miami. Y no de vacaciones.

¿En qué se parecen las dos mesas? Se habla mucho de fútbol, política y  mujeres. También de golf (y ahí me quedo afuera entre boogies y par 3). Pero invariablemente terminamos hablando de Argentina.  Todos hemos venido hace más de cinco anos.  Todos hemos pasado los 40. Casi todos vinimos por un tiempo limitado y después nos quedamos. Vivimos y sufrimos las crisis de Argentina a través de los diarios digitales y de lo que hablamos con nuestros padres, hermanos y amigos.

Y ahora nos toca a nosotros. Acá. En Estados Unidos. En el Paraíso.

Acá, donde nos comprábamos auto apenas llegábamos. Donde veíamos el mundial en  un plasma de 1000 pulgadas y los chicos tenían la última Play Station, envidia de sus primos de Argentina.  Donde cualquiera se compraba un departamento y lo vendía a los dos años ganándole el 50 % (en dólares, je).  Donde venían amigos de Mendoza y los paseábamos orgullosamente por las plazas y parques perfectos de  Coconut Grove, Coral Gables  y Key Biscayne  casi, casi  como si nosotros fuéramos descendientes directos de los peregrinos  del Mayflower.

Y les contábamos del colegio de los chicos (“es gratis y les dan todos los libros y almuerzan allí”), de las facilidades para el deporte (“mira, mira el pastito. Y  tienen dos juegos de camisetas y les regalan un fútbol a cada uno”), del lujo del gimnasio municipal, con plasmas y Direct TV individuales. Nos divertía ver sus caras de asombro ante el despliegue de Ferraris, Aston Martin y Maserattis  por las calles.

Pero, ojo. Había alguien de afuera  que nos decía que esto no se podía sostener indefinidamente. Que había mucha ineficiencia. Y que esa ineficiencia se tapaba con endeudamiento externo y crédito barato. Y, terminaba, con tono agorero,  diciendo “esto alguna vez va a explotar”.  

La verdad, me parecía que exageraba. Que, acostumbrado a las crisis cíclicas de Argentina, él no podía aceptar que acá las cosas fueran distintas. Que si se podía estar en un ciclo de abundancia indefinido.

Es que al ver tanta riqueza y dinero, era difícil pensar que esto era poco más que una ilusión.  Hasta que todo explotó.

Últimamente, mis amigos de Mendoza me preguntan mucho cómo nos afecta esta situación. Eso depende.  Si te agarra directamente, te pega durísimo: los que trabajaban en Lehman Brothers, AIG, Citibank o algunas otras de las sacrosantas instituciones financieras que quebraron (formalmente o no), se  volvieron a Argentina, se  reinventaron (que expresión pava) o en el mejor de los casos, fueron transferidos  a otros países. Los que estaban en “real state” (inmobiliarias, en criollo) son los que están peor: pasaron del cielo al infierno sin escalas.
 Si por tu actividad la crisis no te agarra de lleno, las esquirlas te dan seguro: el mínimo para pagar la tarjeta de crédito aumentó cinco veces, en los colegios públicos se cancelaron las actividades extras, las casas están más baratas, pero para que los bancos te den en préstamo tenes que ser Carlos Slim, las becas para las universidades están suspendidas y sigue la cuenta…

Hoy, en la mesa de los galanes, hemos empezado a compartir el postre. Y ya no está tan divertida.