A partir de fines de marzo de 2009, se comenzó a consolidar la confianza en que el mundo había evitado la profundización de la crisis y que estaba pronta a terminar. Esto llevó a los inversores a abandonar lentamente sus posiciones conservadoras y a colocar su dinero en activos cada vez más riesgosos. Por ello, los mercados internacionales tendieron a mejorar y, en forma creciente, integraron al alza a los países emergentes. En la medida en que esos recursos incrementaron el financiamiento de las economías y la confianza se empezó a contagiar, la caída de la demanda encontró su piso y, con ella, la merma del nivel de actividad.
Esto tuvo su impacto positivo en la Argentina, pues se moderó el incremento de la salida neta de capitales durante el período preelectoral y, una vez superado, ayudó a disminuirla. Esa salida de recursos es la contracara de un mayor ahorro, es decir, menos consumo e inversión, que se transforman en dólares que van a parar "debajo del colchón", lo que disminuye el gasto interno y, por ende, el nivel de actividad. También juega a favor la mejora de los precios de las commodities y de la demanda externa, que consolidan las posibilidades de reactivación local.
La economía, atrapada detrás del poder
En esta columna se analiza que partir de fines de marzo de 2009, se comenzó a consolidar la confianza en que el mundo había evitado la profundización de la crisis y que estaba pronta a terminar. Y esto llevó a los inversores a abandonar sus posiciones conservadoras.