El voto “no positivo” de los diputados norteamericanos al proyecto de ayuda financiera propuesto por el presidente Bush deja mucha tela para cortar, tanto desde el análisis económico como desde el político, y hasta desde el punto de vista sociológico.
Estados Unidos, y el mundo, asisten al fracaso de un modelo de negocios financieros con dos problemas enfrente: el primero es tratar de solucionar las consecuencias, cuya dimensión nadie arriesga a dimensionar pero que todos suponen seguirá por algún tiempo.
El segundo problema a resolver es más complejo y difícil, y consiste en darse una nueva organización del sistema financiero internacional. No solo por el fracaso del anterior, sino porque la globalización impuso nuevas reglas no contempladas en su momento.
Esta es la razón del reclamo enérgico del presidente Sarkozy: “el mundo necesita darse un nuevo modelo como se hizo en Bretón-Woods”. También dijo que “se terminó el tiempo del capitalismo financiero” y que “la idea que el mercado siempre tiene razón es absurda”.
Estas palabras no eran esperables de un conservador de centro derecha como el presidente francés y más allá de la oportunidad (Francia ha sido uno de los grandes beneficiarios del sistema que él condena), está claro que hace falta un cambio pero nadie tiene claro cual será o deberá ser el sistema futuro.
Por ahora, lo urgente está por sobre lo importante y aquí aparecen las dudas acerca de si una lluvia de dólares, (más allá de quién las pague), solucionará un serio problema de solvencia que se registra en muchas entidades.
El gobierno de Bush aduce que ese paquete es, precisamente, para devolverle solvencia a las entidades, pero los críticos dicen que sólo busca salvarles los malos negocios a los inversores con el dinero de los contribuyentes. “Otra vez Wall Street quiere socializar las pérdidas” gritaban los más críticos.
El problema del sistema
En realidad, lo que estamos contando son las consecuencias de un problema mucho más estructural, al que le reclaman cambios. Los líderes europeos quieren aprovechar la oportunidad para ponerle freno a la supremacía norteamericana.
Tanto Francia como Alemania recién parecen anoticiarse de las advertencias del catedrático Luiggi Einaudi, quien, siendo gobernador del Banco Central de Italia, en 1948, advirtió del riesgo de reemplazar al oro por el dólar como moneda patrón.
“Estamos dando a Estados Unidos la posibilidad de emitir indiscriminadamente y exportar inflación a todo el mundo” había advertido este destacado economista italiano quien posteriormente fue el primer presidente designado en función de la nueva Constitución de su país.
Este manejo indiscriminado se fue sofisticando por la irrupción de las teorías monetaristas, con el Premio Nobel de Economía Milton Friedman a la cabeza. De esta manera, los funcionarios encontraron herramientas idóneas para ir tapando los desequilibrios macroeconómicos con manipulaciones monetarias.
Cabe recordar que las mayorías de las crisis que se fueron produciendo en el mundo tuvieron un componente local, fruto de errores de política económica de cada país, pero un componente externo, que era el manejo de la tasa de interés de la Reserva Federal, que conseguía cambiar los flujos de capitales del mundo según su propia necesidad.
Así se produjeron en los últimos años, desde el efecto tequila hasta las crisis del sudeste asiático, los default de Rusia y Argentina y hasta el efecto “caipirinha”.
En el anterior ejercicio de manipulación, Alan Greenspan bajó la tasa de interés para reactivar la economía a un nivel inédito del 1%, que mantuvo durante más de un año. Esta baja de los rendimiento estimularía el consumo, pero alimentaría la máquina especulativa inmobiliaria en todo el hemisferio norte.
Para que se consumara el negocio, contaron con un sistema regulatorio muy laxo y sistemas de supervisión más laxos, además de ineficientes. Nunca la FED (Banco Central) ni la SEC (una especie de Comisión Nacional de Valores) estuvieron en condiciones de prevenir nada. La crisis del Nasdaq sorprendió a los reguladores igual que la actual sorprendió a la FED.
Parte del sistema que hay que revisar es el Fondo Monetario Internacional, una superestructura burocrática e ineficiente que se especializó en diagnósticos y nunca pudo predecir crisis coyunturales ni estructurales.
El futuro es oscuro
Mientras todos se preocupan por lo urgente y nadie se ocupa de lo importante, parece que la brújula se extravió y el riesgo es que entre tanto lío se generen las condiciones para que se repitan episodios similares por no atacar en profundidad los problemas estructurales.
En los próximos meses seguiremos viendo una recomposición de la estructura bancaria. Con tal de que no se desnacionalice la banca en manos asiáticas o árabes, la Reserva Federal apoyará la absorción de bancos por otras entidades de mayor tamaño. Con esto tenderá a una concentración de la banca. Tendrán entidades más grandes, aunque nadie sabe si serán mejores.
Pero sigue pendiente la tarea más grande. Entender que la sociedad global no puede funcionar sin reglas globales. Si no impera la madurez, los grandes inversores, que saben como funciona el mundo, seguirán imponiendo sus condiciones al amparo de regulaciones laxas y controles igualmente laxos, pero muy ineficientes.