Hace cien días, cuando comenzó el conflicto del campo, Argentina era política y económicamente distinta y las preocupaciones de la gente, como las del Gobierno, pasaban por la inestabilidad financiera externa, el calentamiento de los precios y las repetidas dificultades energéticas del país.
Antes de ese trance histórico que aún vive el país, nadie conocía a Alfredo De Angeli ni imaginaba la cara de los cuatro presidentes de las entidades rurales nacionales; tampoco se hablaba de desabastecimiento de alimentos ni de cortes de ruta y menos de retenciones móviles.
Sin embargo, aquella crisis financiera surgida en el mercado hipotecario de segundo piso en los Estados Unidos fue la que llevó al entonces ministro de Economía Martín Lousteau a anunciar, aquel 11 de marzo, un sistema de retenciones móviles para la soja, que le permitiera el fisco una mayor recaudación en caso de aumentos en los precios de esa oleaginosa.
Hasta aquél momento, la presidenta Cristina Kirchner tenía la fortaleza de una gobernante recién asumida, a pesar de haber sufrido desde el vamos un cortocircuito con los Estados Unidos por el caso de la "valija voladora" del venezolano Antonini Wilson.
Los sondeos de su imagen eran elevados, ya que no había sufrido el desgaste de la prolongada crisis agraria que derivó en cacerolazos, incertidumbre financiera y económica y un creciente malhumor general.
La gente no hablaba de la problemática agropecuaria y mucho menos de las retenciones, un término casi inexistente en el diccionario popular.
Las cuatro entidades del agro sólo integraban la nómina de cámaras gremiales empresarias, como las decenas que operan en el país, mientras que Alfredo de Angeli era sólo conocido en su tierra: Gualeguaychú.
Hace cien días, Cristina Kirchner hablaba aún con tonos desafiantes, los mismos que utilizó pocos días después para calificar de "piquetes de la abundancia" a los primeros cortes de rutas en contra de las retenciones móviles.
Mientras, Néstor Kirchner era aquel ex Presidente que no daba conferencias de prensa, por su baja consideración hacia muchos periodistas.
A Luis D'Elía se le había soltado la mano por sus apreciaciones a favor de Irán y del Estado Palestino en contra del papel de Israel en Medio Oriente.
Los argentinos todavía mascaban bronca por la instalación de la papelera Botnia en Fray Bentos, a metros de la costa argentina en el Río Uruguay. Hoy, esa planta trabaja con relativa normalidad a pesar que sigue cortado el paso fronterizo.
Y no había humo misterioso en la Capital por fuego de igualmente misterioso origen.
Las expectativas de crecimiento económico, que en enero pasado predecían un sexto año fuerte de crecimiento entre el 7,5 y el 8 por ciento, se ubican ahora por debajo del 7 e inferior al 5 por ciento para el 2009.
Según un estudio de la consultora del ex viceministro Miguel Bein, la Argentina perdió 3.400 millones de dólares, equivalente al 1 por ciento del PBI, por los cortes de ruta y el paro del campo.
Más allá de los números, para analizar de cerca el impacto del paro sólo basta con consultar a comerciantes de pueblos del interior, que vieron directamente como se caían ventas y se rompía la cadena de pagos.
El Banco Central tenía 50 mil millones en reservas que hoy bajaron a 47.750 millones, por la estrategia oficial de vender divisas para evitar fluctuaciones preocupantes en el tipo de cambio.
Es que el cimbronazo modificó las expectativas, enfrió la economía y las proyecciones comenzaron a cambiar en las oficinas de las consultoras.
La caída de reservas obedeció sobre todo a la venta de dólares para bajar las cotizaciones y dar un escarmiento a los que especularon durante la confusión reinante durante las primeras semanas del prologando conflicto con el campo.
La inflación preocupaba como ahora pero nadie imaginaba volver a sufrir desabastecimiento de productos de consumo básico en las góndolas.
La evolución del riesgo país, que a principios de 2007 era similar al de Brasil, ya se quintuplicó, con una manifiesta pérdida de confianza de los inversores.
El consumo se ve afectado por la crisis del campo y la rotura de las cadenas de comercialización, inclusive en las ventas de supermercados y centros de compras.
Sin dudas, el país político y económico era otro hasta el 10 de marzo y, como muchas veces en la historia argentina, queda el gusto amargo de que se puede perder otra oportunidad histórica.