La bronca inflacionaria

La gente está molesta por la inflación y por el desabastecimiento de productos básicos, mientras las causas de dichos procesos se siguen alimentando y los riesgos de una disparada mayor aumentan cada día. Todos discuten por el termómetro y nadie se ocupa de la fiebre.

Si uno se atiene a la cultura de los argentinos, a la mayoría le interesaría, por lo menos, tener buenos sueldos, que los impuestos sean bajos, que haya créditos baratos, que los precios de los productos sean estables y accesibles y que el abastecimiento de productos sea normal.

Ahora, si uno le pregunta a los empresarios, les interesará que los sueldos no sean tan altos, que los créditos sean accesibles sin muchos requisitos, que no haya mucha competencia, que la moneda esté muy devaluada para tener menos competencia aún, que el estado no los controle y que los impuestos sean más bajos.

Esto, desde el punto de vista del interés individual. Cuando la reflexión pasa por el interés colectivo, la mayoría coincidirán en la necesidad que el Estado se haga cargo de los más pobres, que haga muchas obras públicas. También coincidirán en la necesidad de mejorar los servicios de salud, educación, seguridad y justicia, junto con una mayor eficiencia y con el menor gasto posible, cobrándoles menos impuestos.

Si se repasa rápidamente el listado, que es simplemente ejemplificativo y no exhaustivo, podrá apreciarse que las demandas, tanto individuales como colectivas no son compatibles, pero es razonable que estas existan porque cada uno ve y demanda desde su punto de vista sin ser técnicos ni manejar los temas macro ni tener obligación de hacerlo.

El problema es que los políticos tampoco se dan cuenta de esto y tratan de satisfacer todas las demandas y, si se dan cuenta, creen que por decretos se pueden acomodar las cargas para satisfacer a todos. Otros, maliciosamente, toman decisiones para beneficiar específicamente a algunos sectores.

La drogadicción inflacionaria

La inflación es como una droga. Cuando se llega al carácter de adicto, es posible recuperarse, pero la adicción sigue latente y es posible que se dispare nuevamente ante cualquier descuido.

El gobierno de Kirchner, desde sus inicios, intentó satisfacer a todos. Fortaleció la moneda devaluada para proteger a la industria, pero, además, fogoneó incrementos salariales para mejorar el poder de compra de los salarios. Esto disgustó a los empresarios porque les aumentaban los costos.

El mayor poder compra generó más demanda y esto trajo más ocupación, lo que aumentó la demanda. Pero para que la gente pudiera comprar más, el gobierno congeló precios de energía, combustibles, telefonía y de muchos productos, como carne y leche. Además, prohibió exportaciones de trigo y maíz, a los cuales obligó a vender por debajo del precio internacional.

El congelamiento de los precios de la leche y la carne llevó a que los productores decidieran comenzar a liquidar animales y se dedicaran a la soja. Ya han desaparecido más de 1000 tambos, y la faena de hembras, que llegó en el primer bimestre al 55% del total, indica que se están liquidando vientres. La liquidación de vientres significa, en ganadería, cerrar fábricas, y anuncia mayor escasez de animales a futuro.

Con todas estas medidas el gobierno aceleró la inflación, buscando culpables por otra vía porque lo que quería era ganar las elecciones. Por otra parte, la híper devaluación, generada para satisfacer a los empresarios, aceleró el proceso inflacionario porque como el dólar se devalúa en el mundo, al devaluar nuestra moneda lo que hacemos es que los productos en dólares que importamos son cada vez más caros.

El gobierno, con todo esto, quiere que los bancos presten plata barata, pero por otra parte, el banco central saca recursos del mercado tomando préstamos al 11,5% anual a 180 días. Ningún banco está dispuesto a prestar barato a los productores si puede colocar préstamos de consumo a tasas carísimas y el sobrante se lo presta al Estado. De todos modos, en este proceso. Sería razonable que las tasas suban para frenar la inflación o que el gobierno baje significativamente el gasto.

El gobierno ha decidido que prefiere inflación antes que parar la fiesta y parece darle buen resultado. Por lo menos, ganaron las elecciones cuando todos sabían que “dibujaba” los índices y mentía sobre las causas. Hoy parece un deporte discutir sobre la veracidad de los índices y nadie se ocupa de las causas de la inflación. Prefieren discutir sobre la calidad del termómetro y se olvidan de la fiebre.

Pero aparecen culpables ocasionales que sirven para llamar la atención. Factores climáticos, no manejables por nadie, hicieron que el tomate estuviera caro en invierno, como ha pasado ahora con el limón o eventualmente la papa. Esto no es grave.

Lo grave es que ya hay desabastecimiento, mientras el gobierno, de manera totalmente irresponsable, sigue fogoneando el consumo. El problema es que mientras algunos sectores privilegiados están registrando niveles de vida nunca vistos, otros siguen postergados sin chances de salir de esta posición.

Es el problema de las adicciones. No se pueden dejar, aunque todos saben los daños que causan y, lo que es peor, los que pueden causar si no se frena a tiempo. Los argentinos ya pasamos el “rodrigazo” y soportamos una hiperinflación. ¿No aprendimos nada?