En medio del problema generado a partir de la queja de productores de damasco, el gobierno salió a apagar el incendio pero, como llegó tarde, ahora intentarán darle perfil político a la protesta.
En realidad estamos ante un problema coyuntural que saca a relucir todo el déficit estructural que tiene nuestra producción agrícola. Muchos de los problemas estructurales de hoy fueron, en su momento, problemas coyunturales que estuvieron mal manejados.
El IDR es un organismo técnico que trabaja con mucha seriedad y hace, con la debida antelación, pronósticos de cosecha frutícola. El gobierno debería haber sabido, por lo menos, desde hace más de un mes y medio, que se esperaba una cosecha de frutas muy voluminosa. Es que los ciclos climáticos habían sido favorables y no hubo afectación por heladas.
Sin crisis internacional, seguramente tendríamos problemas con los precios.
Además, la producción de frutas en Mendoza adolece de un problema grave y es la falta de productividad de las explotaciones. En muchos casos, porque los montes frutales están implantados asociados con viñedos o porque los sistemas de producción no son los adecuados.
Lo cierto es que tenemos un promedio de producción por hectárea menor a 10.000 kg. Hace muchos años que los técnicos sostienen que el piso de producción debería ser de 30.000 Kg. por hectárea. A pesar que los técnicos vienen bregando por llegar a este umbral, no lo consiguieron.
Sólo pudieron hacer tibios avances en algunas mejoras en las variedades implantadas, para modernizar la oferta, pero mucho no se avanzó. Por otra parte, el sector industrial ha tenido que batallar durante años con subsidios de los países europeos que le quitaban competitividad.
Durante los primeros años posteriores a la devaluación, la industria pudo recuperar terreno, con la complicidad de factores climáticos que afectaron producciones en Grecia o en Italia y España, y redujeron la oferta global. Pero recordemos que Mendoza hace 25 años tenía 30 fábricas de conservas y hoy quedan sólo 12, de las cuales hay 4 que concentran el mayor movimiento.
Lo cierto es que, también, a nivel industrial es poco lo que se avanzó en la oferta de productos. Con pequeñas variaciones tecnológicas, seguimos haciendo lo mismo que se hacía hace 50 años. Basta ir a una feria internacional para ver las distintas formas que adquieren los productos para satisfacer demandas cada día más específicas de los consumidores, mercados de los que estamos ausentes y que son de alto valor agregado.
La coyuntura internacional
En el plano internacional el problema también se puso complejo. El ciclo climático para las producciones de frutas ha sido favorable en todo el mundo y estamos ante un año de sobre oferta de frutas. Pero, ante la crisis y los menores consumos, esta mayor oferta toma una dimensión mayor porque baja la demanda. Y todo presiona para que los precios tiendan a la baja en todos los mercados, tanto los de la fruta en fresco como los de la industrializada.
Por otra parte, la coyuntura nos pone frente a otro escenario y es el de una expectativa deflacionaria. Entre la menor demanda y la caída de los precios de la energía, ya se verifican bajas de costos, pero esa menor demanda también genera bajas adicionales de precios. En este escenario, nadie apura compras ante la expectativa de baja.
El otro factor que está influyendo, y se sentirá más en las exportaciones de vinos y productos de mayor valor, es la falta de crédito. Aunque los bancos centrales de EE.UU. y Europa han bajado sus tasas de referencia, el crédito sigue restringido y las empresas, además, han preferido bajar sus stocks ante la perspectiva recesiva. Hasta que los flujos se recompongan, habrá un periodo de baja donde podremos escuchar “no hay precio”, “no tengo pedidos”.
Los caminos posibles
En la actualidad estamos frente a un problema serio. Porque la baja de precios coexiste con una suba de costos que descalabra la ecuación económica. El gobierno pude dar algún subsidio, pero no es una solución estructural.
Hace unos días, un “trader” del mercado de frutas me contó una anécdota que pinta el panorama. “El año pasado, yo pagué US$ 6,50 la caja de uvas de 4,5 kilos y la vendía, puesta en Rótterdam a 11 dólares. El que me compraba era un intermediario. A mí, me quedaba, limpio, 3 dólares por caja. Hice buenos negocios” me dijo entusiasmado, para luego advertir “este año será difícil, yo no creo que me paguen más de 6 dólares en Rótterdam, por lo que yo no podré pagar más de 3,5 dólares”, me explicó.
Hay que encontrar una solución al problema de la intermediación y a la actitud de los productores que no quieren involucrarse en la comercialización, y este es un problema de difícil solución porque entraña cambios culturales que no se producen de forma inmediata.
Es preferible financiar o subsidiar la generación de distintas formas de integración, que aseguren una mayor participación del productor primario en el precio final y para eso hay que estar en los mercados. Si la mercadería se vende en la finca, no hay destino. Pero hay que estimular la integración vertical y la horizontal
Por otra parte, habrá que establecer financiamientos industriales condicionados a innovación de productos y mercados que permitan mejorar el portafolio de negocios y tener mayores herramientas para amortiguar las variables de los mercados.
Estamos en una crisis, pero además de apagar el incendio hay que pensar rápidamente en una reconstrucción que nos evite nuevos incendios o que, si se produzcan, generen la menor cantidad de daños. No hay mejor política preventiva que aquella que apuesta a la innovación y a la mejora continua.
Las crisis desnudan los defectos
El problema sucitado con los productores de fruta por la caída de los precios, está explicado por causas de la crisis internacional y de la propia del país. Pero, además, hay causas estructurales del sector que no han sido atendidas y que, en esta circunstancias, agravan el cuadro.