El domingo 2 de diciembre de 2001 los argentinos escuchaban sorprendidos los mensajes televisivos del entonces presidente Fernando de la Rúa y de su ministro de Economía, Domingo Cavallo, por los cuales se anunciaban una serie de medidas. La más importante, era una restricción para el retiro de efectivo de los bancos, con un límite semanal de 250 pesos.
Esta imposibilidad de retiro de depósitos, que Cavallo suponía temporal, se extendería en el tiempo y fue causal de infartos, stress sin límite y una condena social que no sólo abarcó al gobierno de entonces. Los bancos fueron considerados los principales responsables y por eso, al día de hoy, el nivel de bancarización no supera el 12% del PBI. La gente sigue sin confiar en los bancos.
Pocos se acordarán de que el término “corralito” fue acuñado por el periodista Antonio Laje, quien tenía su cargo el segmento de información económica en un coloquial noticiero nocturno que conducía Daniel Hadad. Laje usó el término para graficar el significado de la restricción de los depósitos, término que fue rápidamente adoptado por la población y por la misma clase política, por los economistas y la totalidad de los medios.
Todos recordarán los meses de peregrinar de los ahorristas por las puertas de los bancos, donde un humorista perjudicado, como Nito Artaza, terminó lanzándose a la política. Pero también los recuerdan quienes eran empleados de los bancos y debían atender al público enfurecido con la mejor cara, mientras escondían a los gerentes que eran buscados por la policía como ladrones.
El corralito tuvo un problema adicional. Lo que se congelaba, según la norma, eran los retiros de efectivo de cuentas corrientes o cajas de ahorro, pero como la situación se estiró se le sumó un nuevo problema. A medida que vencían los plazos fijos, sus montos no eran pagados sino acreditados en la cuenta corriente o caja de ahorro, que estaba sometida a la restricción.
Esto hizo que, técnicamente, el stock se transformara en flujo, que estaba entrampado en un dique de contención. Todos querían salir y apelaban a la justicia y, mientras algunos jueces concedían los recursos de amparo para retirar los fondos, otros no lo hacían y la Corte Suprema daba señales de apoyo al gobierno, pero sin fijar posiciones contundentes.
Después la debacle institucional, la renuncia de De la Rúa, el interinato de Puerta, la semana de Rodríguez Saa, otro interinato de Camaño y finalmente, la presidencia transitoria de Duhalde hasta que, por la vía de la normalización institucional, el gobernador de Santa Cruz, Néstor Kirchner, ganaba las elecciones en 2003.
¿Por qué se llegó al encierro?
En realidad el problema nace en 1994, cuando el entonces presidente de la Reserva Federal, Alan Greenspan, decide aumentar las tasas de interés para enfrentar una incipiente inflación. Esto genera un notable reflujo de capitales desde los países emergentes hacia bonos del Tesoro norteamericano.
Estos capitales golondrina, llegaban atraídos por las tasa de interés. En el caso argentino, la convertibilidad les aseguraba rentabilidades en dólares en no menos del 15% con sólo colocarlos a plazo fijo, aunque hubo períodos que dicha rentabilidad alcanzó al 60% en dólares, en los inicios de la convertibilidad.
La primer víctima fue México, y de ahí el “efecto tequila”. El retiro masivo de estos depósitos dejó descalzados a los bancos y generó una feroz corrida que fue solucionada por el gobierno de Clinton: le dieron préstamos a México por 300.000 millones de dólares, pero esta plata no entró al Tesoro mexicano sino que fue a parar a las arcas de los bancos, la mayoría de origen norteamericano.
Después siguió la devaluación de la moneda tailandesa (el bath) que trajo conmoción en Oriente y terminó afectando a Corea y su viejo sistema de grupos empresarios protegidos por el Estado. Y nació el “efecto arroz”.
Posteriormente vino el default de Turquía y, el más grave, el default de Rusia, que generó el “efecto vodka”. En esa época, 1998, Greenspan seguía aumentando las tasas, el mundo emergente se había quedado sin créditos y se habían cortado los flujos de inversión extranjera directa.
Para esa época la convertibilidad ya mostraba fragilidad extrema. Argentina tenía déficit fiscal, déficit de balanza comercial y déficit de la cuenta corriente, lo que obligaba al endeudamiento permanente y creciente.
Pero con la caída rusa se agravó el panorama mundial. Argentina se quedó sin crédito internacional y debió recurrir al crédito interno. Los bancos que operaban en el país comenzaron a comprar grandes cantidades de bonos por los que el gobierno pagaba tasas exorbitantes, sin tomar medidas que permitieran corregir el rumbo. Ya se hablaba de salir de la convertibilidad y de devaluación.
Pero en enero de 1999 se produce un evento que sería el acelerador de la crisis, que fue la devaluación de Brasil (que conoceríamos como “efecto caipirinha”). Nuestros vecinos, acosados por la sobrevaluación del dólar en el mundo, decidieron devaluar su moneda de manera importante y esa fue la frutilla del postre.
En el medio de esta situación asume la Alianza en Argentina, echándole todas las culpas a Menem, quien se defendía sin entender él mismo, qué le había pasado. Una de las primeras medidas del nuevo ministro de economía, José Luis Machinea fue extender el impuesto a las ganancias para los trabajadores en relación de dependencia (que aún subsiste) y fue un mal debut.
El mal humor social hizo que mucha gente dejara de consumir y comenzara a ahorrar. Los despidos se multiplicaban en las industrias afectadas por la falta de competitividad de la moneda. Y aunque no había inflación (en realidad había deflación y recesión, que de transformaría en depresión) la tasa de cambio fijo facilitaba las importaciones de todo tipo.
Entre Brasil y el ajuste de Machinea se generó un extraño ambiente. El sector privado no tenía crédito porque todo lo disponible (la gente seguía ahorrando en los bancos) lo absorbía el Estado y la desconfianza se aceleró. El año 2oo1 arrancó con 30.000 millones de dólares de reservas, pero en 9 meses se habían fugado del sistema más de 12.000 millones. En los últimos meses De la Rúa había recurrido a Cavallo y éste inventaba un plan económico todos los días. Mientras tanto, el FMI , desde 1998, había venido apoyando sin advertencias (al menos públicas) y tuvo intervención en diversos operativos como el blindaje, y hasta el “mega canje” de la deuda.
Un triste final
El corralito fue la única medida que se le ocurrió a Cavallo para intentar salvar la Convertibilidad, mientras en el seno del justicialismo ya se discutía la necesidad de salir del sistema y se debatía entre dolarizar la economía o devaluar la moneda. Entre noviembre y diciembre de 2001 ya los popes partidarios habían analizado la necesidad de prepararse para una eventual entrega anticipada del poder.
En los últimos días, el FMI negó una asistencia más de 1.250 millones para pagar bonos y estro aceleró la hecatombe. El viernes 30 de noviembre, una serie de rumores catapultaron a los ahorristas a las puertas de los bancos. Era el final. El Estado estaba en quiebra porque era imposible responder por todos los pesos que voluntariamente se habían convertido en dólares.
Pero también fue un daño muy grande para la credibilidad en el sistema financiero. Los bancos trataron muy mal a los ahorristas y perdieron la confianza, que hoy se vive con la escasa monetización que, a su vez, no permite dar fluidez al crédito.
La crisis dejó otra lacra. La aguda iliquidez e insolvencia llevó a generar cuasimonedas para salvar la convertibilidad. Así, coexistían Lecop (nacionales), Petrom (mendocinos), Patacones (Buenos Aires) y otras más que inundaron el país de moneda trucha y que permitieron a las empresas operar sin registración.
Cuando Cavallo anuncia el nacimiento del corralito, propone una moratoria provisional, que fue un fracaso. Todos se habían acostumbrado a vivir en negro. El gobierno, con las cuasimonedas, había monetizado la clandestinidad.