En los últimos tiempos, y a raíz de la crisis financiera internacional, han aparecido miles de declaraciones y de postulados donde los declarantes dicen ser keynesianos. Desde Sarkozy hasta Kirchner, pasando por Obama y Chávez, todos, a su manera dicen ser keynesianos.
¿Qué significa ser keynesianos para estos personajes? Básicamente, justificar una mayor intromisión del estado en al economía, pero mucho mayor de la actual, en la cual algunos se calificaban de socialistas y otros de librecambistas.
Es tal la falta de convicción y de conocimientos, que la mayoría de los líderes elijen disfrazarse con algún ropaje que cree que les queda bien, aunque ignoren el significado del mismo, para justificar sus decisiones.
Keynes fue un economista inglés, considerado un trasgresor en su época, que militaba en ciertos movimientos filosóficos, pero también alternaba con los artistas y la aristocracia de la época.
Aunque se le adjudica la autoría intelectual de las acciones del presidente Roosvelt, en el New Deal, la realidad es que para 1930 sólo había publicado un trabajo muy importante en el cual criticaba la dureza de las condiciones que la alianza triunfadora de la 1ª. Guerra Mundial le habían impuesto a Alemania, diciendo que el remedio sería peor que la enfermedad.
Y no se equivocó, esto trajo a Hittler y todas sus consecuencias posteriores. Pero más allá de los análisis, el pensamiento de Keynes debe ser entendido en su integralidad. Era un defensor de la sana administración y prefería el superávit fiscal antes que el déficit. También en sus inicios, descartaba a la inflación (por injusta) y la deflación (por inoportuna).
No obstante, cabe recordar que las acciones del presidente Roosvelt, centradas en un gran volumen de gasto público para sostener el empleo, acudiendo al mayor déficit y la inflación con un gran proteccionismo, generaron la Gran depresión posterior.
Es muy interesante porque entre los pos keynesianos hay bastantes diferencias a la hora de interpretar su pensamiento y su aplicación al caso latinoamericano y argentino en especial. Siempre el pensamiento de Keynes estuvo ligado a la intervención del estado, el gasto público y la inflación.
En la Argentina, el presidente Kirchner se declaró keynesiano en 2004, cuando sostenía un tipo de cambio fijo y alto, protección de la economía, alto gasto público y subsidios. En realidad eran elementos que Keynes desaconsejaba. De hecho, fueron las recetas que aplicó Roosvelt y que terminaron en la Gran depresión, que llevó más de diez años de hambruna y parálisis.
Keynes aconsejaba siempre tener conductas fiscales contracíclicas, es decir, ser austeros y ahorrar mucho en la época de expansión y gastar en las épocas de baja, todo con el objeto de la preservación del empleo. Y desconfiaba de la inflación. “es mejor inestabilidad en el tipo de cambio que en los precios relativos” decía.
Esto fue lo que hizo Brasil, que dejó revaluar su tipo de cambio cuando el dólar se depreciaba y evitó tener inflación para salir ahora a gastar para mantener el ritmo económico.
La política Kirchner fue contraria al pensamiento del economista inglés. Su definición a favor del gasto público y de la intervención del Estado era para casos de crisis, y algunos creyeron que era aplicable en todos los tiempos. Argentina se gastó en épocas de bonanza la cuota de inflación que, en los términos de Keynes, podría haberse aplicado ahora, en épocas de contracción.
Hoy que la Argentina recién está sufriendo las consecuencias de la crisis de confianza en le propio gobierno, vemos como se improvisa y se llenan de discursos para pasar la situación. Cuando la crisis internacional nos llegue no sabemos qué pasará.
Es bueno recordar las palabras del profesor Ricardo Crespo, del IAE, quien en un trabajo al respecto recordó que las distorsiones que los seguidores del gran pensador inglés introdujeron forzando el análisis de sus dichos.
“Quizás por eso, en 1946 -recuerda Crespo- en el año de su muerte, el polémico economista dijo: yo no soy keynesiano”
Keynes no era keynesiano
La aplicación de políticas facilistas en materia de proteccionismo, gasto público e inflación siempre fueron adjudicadas al pensamiento del pensador inglés, quien no las recomnedaba más que para las crisis.