En el país del no me acuerdo

Decisiones que alcanzan a todos los argentinos nunca se adoptan con los consensos mínimos entre las fuerzas políticas y sociales, sino por los gobiernos de turno que traen consigo la idea de dejar su sello eterno.

Foto: Télam
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El gran problema de la impensada decisión de eliminar la jubilación privada es que, de nuevo, son alteradas las reglas de juego que en un momento parecían eternas, en pos de un futuro mejor que, al parecer, nunca llega.
  
Decisiones que alcanzan a todos los argentinos nunca se adoptan con los consensos mínimos entre las fuerzas políticas y sociales, sino por los gobiernos de turno que traen consigo la idea de dejar su sello eterno.
  
Y así fue que hace 14 años, un gobierno justicialista presidido por Carlos Memen instauraba una jubilación privada como el remedio a todos los males, pero que traía sus defectos de origen.
  
Es que se cedió a las pretensiones de los que abogaban por el nuevo sistema de AFJP, como el cobro de onerosas comisiones a percibir por adelantado, algo que no sucede en ninguna parte.
  
Tampoco se les forzó a invertir más en la economía real, por lo que los activos de riesgo predominaron en las carteras de las administradoras.
  
Antes de la crisis del 2001, el escenario se ensombreció ya que fueron forzadas a comprar bonos que luego entraron en default, y posteriormente en cesación de pagos, fueron las únicas y exiguas fuentes de financiamiento de los gobiernos.
  
La rentabilidad de los afiliados se fue apagando y el Estado debió destinar cada vez más partidas para garantizar la Prestación Básica Universal (PBU).
  
Tampoco se cumplió el gran vaticinio del ex ministro Domingo Cavallo sobre que las administradoras iban a contribuir a conformar un gran mercado de capitales, que, a su vez, debía alentar la actividad productiva.
  
Sin embargo, hoy por hoy, eran importantes animadoras del mercado bursátil, y por eso que la Bolsa de Comercio respondió con furia a la decisión oficial, con el destrozo de los valores accionarios.
  
Tiempos sombríos se anticipan en la Bolsa porteña, con volúmenes de negocios de entre 20 y 30 millones diarios, lejos de los promedios de 50 y 60 millones actuales, y ni que hablar de los 500 millones diarios que anticipara en los `90 Martín Redrado, cuando era presidente de la Comisión Nacional de Valores.
  
Es indudable que los sistemas jubilatorios constituyen un problema mundial, por el crecimiento de las poblaciones y de las expectativas de vida, en un marco de menos empleos por el avance de las tecnologías.
  
También que en la Argentina las jubilaciones privadas estaban muy deprimidas, aunque desde las AFJP pedían ver el largo plazo y no la coyuntura.
  
El sistema ya venía siendo amenazado por los gobiernos kirchneristas -también justicialista pero de signo diferente al que mandaba hace una década-, que apuntaron a la mejora de las jubilaciones estatales y vieron con agrado los fondos acumulados en las administradoras.
  
Sólo esperaron la oportunidad para dar el paso, y éste se dio con el contexto de la crisis internacional, en el cual se ve a los Estados avanzar en el rescate de bancos y ahorristas para evitar un descalabro mayor.
  
Cuando se creó el sistema privado, no hubo amplios consensos, y sólo existió debate en las cámaras legislativas dominadas por legisladores el oficialismo, varios de los cuales podrían votar ahora en sentido inverso, por simple disciplina partidaria.
  
En esta oportunidad sucede lo mismo, y todo contribuye a profundizar la imagen de una Argentina imprevisible, que puede cambiar las reglas de juego profundas según los tiempos políticos.
  
Si se observa el mapa de los hombres o mujeres que pueden dominar el escenario por venir, salta con rapidez que no son pocos los que podrían volver a modificar el edificio jubilatorio, como Mauricio Macri, Elisa Carrió y Francisco de Narváez, por citar sólo algunos dirigentes con pretensiones.
  
María Elena Walsh escribió hace más de treinta años la canción "En el país del no me acuerdo", por otras circunstancias, pero cuyos versos podrían adaptarse tranquilamente a la realidad de hoy.
  
"Doy tres pasitos y me pierdo. Un pasito para allí, no recuerdo si lo di. Un pasito para allá ¡Ay, que miedo que me da, La Argentina del no me acuerdo"!