Antes que como un certificado de conformismo, la lectura que hizo Jonathan Barros de su presentación en el Wembley Arena y de su derrota a manos del galés Lee Selby merece ser interpretada sin atisbos de crueldad.
Que para crueldad tenemos, desde cierta perspectiva, un momento del boxeo profesional en la Argentina que se inscribe entre los más desdichados de su historia.
Amén del caos organizativo, es decir, de fallas estructurales que no datan de ayer nomás, un descorazonante nivel de peleas y de peleadores, salvo, desde luego, las excepciones de rigor.
En ese contexto, que sea dicho de una vez, Yoni Barros no ha constado en la elite de los mejores boxeadores argentinos del siglo en curso, pero tampoco ha sido un tercerón y mucho menos lo que en buen criollo se da en llamar "un paquete de campaña bien manejada".
Ni paquete ni crack, el Yony de Guaymallén se las ha ingeniado para permanecer en un dignísimo segundo nivel internacional en la franja de los 57 kilos y monedas y eso durante siete/ocho años.
He ahí el trazo grueso en general que ayuda a poner en el casillero correcto, o aproximado al correcto, en particular su tropiezo ante un adversario, como Selby, que reúne mejores condiciones que él, un mayor enfoque y un presente más lozano.
¿Pudo haber dado más Yoni Barros?
Tal vez sí, tal vez no, ya sabemos de la gratuidad de los verbos condicionales y de sus encerronas: las peleas son las que se consuman en la mismísima realidad y jamás las que pudieron haberse consumado.
"Yo no soy un guerrero, soy un boxeador", dijo Barros a modo de justificación y de verdad a medias: mendocino al fin, es un boxeador de cierta pureza, pongamos, pero por curioso que parezca la mejor pelea de su vida no fue cuando ganó el campeonato pluma AMB (diciembre de 2010, KOT 7 al panameño Irving Berry), sino la del 3 de octubre de 2016, en Tokio, cuando se impuso al rocoso japonés Sotoshi Hosono gracias a unos cuantos momentos de palo y palo.
De esos momentos, los de palo y palo, en general careció ayer ante Selby, aunque vaya en su descargo el detalle de que el campeón de la FIB es hábil en la telaraña, oportuno cuando su oponente vacila y certero cuando lo suyo entra en zona de crescendos.
Un round esperanzador, el quinto, y algunas otras fugaces golondrinas que ni siquiera merodearon el verano, resultaron insuficientes para que Barros volviera a inscribir su nombre en la corta nómina de boxeadores criollos que fueron dos veces campeones del mundo.
Poco o nada que reprocharse, entonces: con el japonés Hosono se había ganado la oportunidad y cuando llegó la hora de la oportunidad se topó con un adversario de rango más elevado.
No es un guerrero, Barros, siempre ha estado claro, pero sí un buen boxeador más cercano a la dimensión del obrero del ring, que habida cuenta de su relativa juventud (33 abriles), de su buen palmarés (41 victorias en 47 salidas rentadas) y de su vigente apetito, merece el crédito de tomarse como legítima su promesa de volver a intentarlo, con Selby o con quien fuere.
¿Por qué no?
Walter Vargas (Télam)