Bajo su mostacho, el nuevo jefe de la Fórmula 1, Chase Carey, esgrimía una satisfecha sonrisa. En el primer Gran Premio tras la salida de Bernie Ecclestone, el reformado campeonato alimentó las esperanzas de su gerente de un futuro lucrativo. Sin embargo, el espectáculo dejó aún mucho que desear.
La victoria de Sebastian Vettel con Ferrari, la escudería más famosa del mundo, y la expectativa de una emocionante lucha por el título con la estrella de Mercedes, Lewis Hamilton, es algo que seguramente encantó a los nuevos dueños de la serie. Pero la promesa de una explosión en el espectáculo gracias a los radicales cambios en el reglamento introducidos este año no se cumplió.
La escasez de adelantamientos y duelos rueda a rueda en el Gran Premio de Australia el domingo molestó especialmente a pilotos y fans. "Parece incluso peor que antes. En cualquier caso, no ha mejorado", dijo Hamilton, que en el momento clave no pudo adelantar al holandés Max Verstappen, de Red Bull, y perdió así su opción de ganar la carrera en Melbourne.
Su compañero en Mercedes, Valtteri Bottas, también se quejó: "Con los nuevos bólidos es muy difícil seguir al piloto de delante porque se pierde mucha adherencia".
El diario australiano "The Age" agregó: "La carrera respalda la acusación sobre la dependencia de la Fórmula 1 de una técnica supercomplicada".
Más anchos, más rápidos, más difíciles de manejar: esta es la fórmula para los nuevos bólidos. Con más ritmo en las curvas, fuerzas centrífugas más altas y neumáticos más resistentes, los pilotos deberían ser llevados al límite.
"Los coches son impresionantes", dijo el jefe de Mercedes, Toto Wolff. Pero aunque la fuerza de los bólidos es considerada como un gran avance en el ramo, en el largo plazo eso no puede sustituir a la acción sobre la pista.
La Fórmula 1 se dirige pues tras lo primeros kilómetros de su nueva era hacia un nuevo debate sobre la próxima reforma. "Si este año vemos cosas que no son buenas para el deporte, pelearemos por lo nuestro y lo haremos en todos los ámbitos", dijo el nuevo director deportivo de la serie, Ross Brawn.
El ingeniero de 62 años, que fue el cerebro tras los siete títulos del alemán Michael Schumacher, quiere desarmar la extrema complejidad aerodinámica de los coches.
Además, el británico anunció también su intención de incrementar la igualdad de oportunidades entre los equipos. "Tenemos que encontrar maneras de limitar la influencia del reglamento o los recursos de los que disponen los equipos", dijo el directivo, que no descarta introducir un límite presupuestario.
Brawn trabaja en un plan de cinco años para convertir la competición en lo que quiere su nuevo propietario, Liberty Media: una serie de eventos que garanticen el crecimiento y la experiencia del consumidor.
La dirección de la Fórmula 1 debe convencer de esta visión también al jefe de la Federación Internacional de Automovilismo (FIA), Jean Todt.
"Las reglas las escribe siempre la FIA", advirtió el francés en su visita al circuito de Albert Park, donde se quejó de que los bólidos son demasiado caros y complicados. "La Fórmula 1 no necesita eso. Necesita acción y emociones", agregó.
El potencial de la competición, que disputa su edición 68, lo mostró la colorida fiesta de los australianos en el primer Gran Premio. "Esta carrera es en muchos aspectos lo que deseamos de otras carreras", dijo el jefe de la Fórmula 1, entusiasmado por los 296.600 espectadores en los cuatro días de actividades.
Carey quiere hacer de los Grandes Premios pequeños "Super Bowls", pero los próximos viajes puede que no le gusten tanto. En abril, la serie visita China, Bahréin y Rusia, países donde el automovilismo está aún en pañales y la Fórmula 1 resulta algo lejana. Es la herencia de Bernie Ecclestone.
Christian Hollmann (DPA)