El 10 habla de las espinas. Habla de ese dolor insoportable y molesto de tener algo clavado: esas astillas que, para desprenderlas, sólo queda abrir la piel y sentir ese dolor. El 10 está ahí, puteando en silencio, con las mangas largas de su remera atrapadas en la yema de los dedos, preguntándose cómo puede haber pasado lo que pasó. El 10 no sólo no se logra sacar la espina: el 10 tiene una más.
El 10 sabe que ni en la más remota de sus pesadillas le puede haber vuelto pasar esto. El 10 se lamenta, le duele en el alma que, otra vez, una vez más, la final se le escurre entre las manos. Tres finales con la Selección argentina y las tres, sí tres, perdidas. Una de la Copa América 2007. Otra del Mundial 2014. Y otra más, de una espina que se vuelve otra espina más.
Al 10 le gritan concha de tu madre cuando la voz del estadio lo nombra. Recibe la segunda pelota que se toca en el partido, de los pies de Sergio Agüero, su compañero de cuarto en toda esta odisea, y la da para atrás, con la derecha. Gary Medel es quien lo va a marcar y, todavía no lo sabe cuando arranca el partido, pero será su pesadilla. Casi no lo dejará jugar y terminará volcándose hacia adentro. La primer pelota que toca es una recuperación que logra, aunque no llega a nada. La segunda recibe de Javier Pastore y termina en el Kun. No le sale el partido, aunque, durante el primer tiempo, en un tiro libre que va a la cabeza de Agüero, construya una de las dos situaciones más claras de Argentina en el partido -la otra es una jugada que él origina, sobre el final del partido, se la pasa a Ezequiel Lavezzi, quien no logra concretar un centro para que la toque Gonzalo Higuaín-. No mucho más. Casi nada más.
Al 10 no le sale. El partido, de movida, le fastidia: durante el primer tiempo, mira a la platea donde sabe que está su familia y ve que sus hermanos y su papá se están peleando con unos hinchas chilenos. Mira preocupado, como si quedara fuera del partido. Y en el segundo tiempo actúa de la misma manera.
El 10 es el único en la cancha que juega en mangas largas. Ni siquiera Chiquito Romero. Es el distinto. Todos, incluso los chilenos, lo sienten como el distinto. Pero el 10 no puede. Hace unos días: “Es increíble que no puedo hacer un gol con la Selección”. Y sí, es increíble. El 10, que toda la vida ser argentino y de pibe no quiso que lo nacionalizaran español, sabe que hay un maleficio. Que algo no sale. Que no puede ser que, una vez más, no pueda agarrar la Copa, como un 10, como Lionel Messi, el jugador que sacó campeón a Argentina.
No, es el 10 de las espinas clavadas.
Fuente: ca2015.com