El Barcelona, ¿evolución o revolución?

Los periodistas Michael Robinson y John Carlin publicaron un completísimo informe en el diario El País de España sobre cómo ha ido cambiando el fútbol desde sus inicios hasta esta época. El foco está puesto sobre lo que semana a semana nos regala el maravilloso equipo de Guardiola.

Messi, símbolo del Barcelona que marca estos tiempos. Foto: EFE
Messi, símbolo del Barcelona que marca estos tiempos. Foto: EFE

Mucho se discute, en España y fuera, sobre si el Barcelona de Pep Guardiola es el mejor equipo de fútbol de todos los tiempos. Por más entretenido que nos resulte, es un debate imposible de resolver. Es incluso estéril. Existen demasiadas variantes y nos falta información. El juego es más rápido hoy, los jugadores recorren más kilómetros por partido, los balones y las botas son diferentes a cuando jugaban Alfredo di Stéfano en el Real Madrid, Pelé en la selección brasileña o Puskas e Hidegkuti en la Hungría de los cincuenta. En cuanto a grandes campeones de Europa como el Ajax de Johan Cruyff, o el Milan de Van Basten y Baresi, o el Liverpool de Sou­­ness y Dalglish, los juicios son por necesidad subjetivos. Si alguien da la impresión alguna vez de ganar el debate, nunca va a ser porque exista una verdad científicamente demostrable sobre la cuestión, sino porque, como un buen abogado, argumenta mejor o quizá, sencillamente, porque grita más.

Además, cuando hacemos comparaciones de este tipo nos limitamos a hablar de equipos que aparecieron tras el invento de la televisión, como por ejemplo de aquel Real Madrid de las cinco Copas de Europa consecutivas, el que venció 7 a 3 al Eintracht de Fráncfort –para deleite de la primera generación de telespectadores– en 1960. Pero ¿qué sabemos de antes de aquella época? Las borrosas imágenes cinematográficas que nos dejaron, por ejemplo, el Mundial que ganó Uruguay contra Brasil en 1950 –el famoso “Maracanazo”– no tiene la más mínima utilidad como material comparativo. Entonces, ¿quién está en condiciones de refutar la noción de que el mejor equipo nunca visto fue aquel Uruguay, o la Italia campeona del mundo en 1934 y 1938, o el Arsenal que arrasó en la Liga inglesa en aquella misma época, o incluso una de las dos selecciones, In­­glaterra o Escocia, que disputaron el primer partido internacional de la historia en 1872?

Lo que sí podemos decir, en cambio, es que el actual Barcelona representa un hito en la evolución del fútbol. Existe un antes y un después con este equipo. Ha redefinido el juego, ha hecho que la totalidad del mundo del fútbol –desde los entrenadores de niños pequeños hasta los cuerpos técnicos de los clubes más grandes del mundo– vuelva a la pizarra y reconsidere sus premisas más elementales. Empezando con el sagrado concepto de la posición táctica: que si el que mejor funciona es el 2-3-5, o el 4-3-3, o el 4-2-4 o el 4-4-2. El Barça ha condenado la rigidez matemática en el fútbol a la irrelevancia. Lo mismo ha hecho con la anciana y venerable noción de que los centrales, o los delanteros centros, tienen que ser altos y fornidos. O con aquel artículo de fe que reza que todos los equipos necesitan un stopper, un especialista en destrucción, en el centro del campo. El Barça ha representado una revolución democrática en el deporte. Ha demostrado, con sus éxitos, que la única condición necesaria para que un jugador de fútbol prospere es que sea hábil y listo con el balón. El tamaño no importa, y la posición de cada uno en el campo, tampoco.

El germen fue “el fútbol total” del Ajax de Ámsterdam, patentado por aquel filósofo del deporte Rinus Michels. Su discípulo predilecto, Johan Cruyff, lo trajo al Barcelona, primero como jugador y después como entrenador. Y de ahí salió el dream team barcelonés. Lo que vemos hoy es la versión perfeccionada de ese modelo, una destilación purificada de la ideología de Michels. Lo que practica el Pepteam es más que fútbol total; es fútbol absoluto.

Volvamos más atrás en el tiempo, antes del Ajax de Michels, cuyos principios él mismo transportó a la maravillosa selección holandesa de los años setenta (como el Bar­ça ha hecho hoy con la española campeona del mundo). Volvamos a las primeras raíces del deporte cuyas reglas se escribieron en un pub londinense en 1863 e intentemos trazar su evolución como en cualquier evolución de la naturaleza, como en el de la propia especie humana, que a lo largo de los milenios ha dejado atrás lo que no funciona y se ha adaptado a lo que se necesita, potenciando la eficacia.

Aquel primer partido internacional en 1872 entre Escocia e Inglaterra se disputó en un campo de críquet (el deporte nacional de las islas desde hacía más de cien años) ante 4.000 espectadores. Los cronistas de la época plantearon el posicionamiento sobre el campo en términos numéricos, señalando que Inglaterra había jugado con una formación 2-8, y Escocia, con un 3-7. Pese al predominio de delanteros en ambos equipos, el partido acabó 0-0, lo que demostró una gran verdad no del todo digerida hoy día: que llenar la delantera de efectivos no siempre es el método más eficaz para marcar goles; que la congestión no conduce a la creatividad. La otra moraleja del partido, relacionada con la primera, fue que dejar más espacios permite un juego más fluido. El 3-7 de los escoceses resultó un estilo de juego definido más por la posesión del balón y el pase que por los pelotazos y los poco eficientes intentos de dribbling de los ingleses.

El salto cualitativo se dio seis años después, en 1888, cuando el Wrexham ganó la Copa de Gales luciendo un novedoso 2-3-5, el llamado “sistema pirámide”, que se impondría como inflexible ortodoxia durante los siguientes 40 años. Hasta que en 1930, Herbert Chapman, el entrenador del Arsenal, patentó la formación WM. Y hasta que el seleccionador italiano Vittorio Pozzo inventó el 4-3-3, conocido como “el método”. Este consistía en colocar a los jugadores con el fin de brindarles mayor espacio de maniobra. Significaba darle al pastor un prado. Y así fue como tanto el Arsenal como Italia pillaron desprevenidos a sus rivales. Estos, desorientados, no sabían descifrar los planteamientos de Chapman y Pozzo y, como consecuencia, el Arsenal fue el equipo dominante de Inglaterra en los años treinta e Italia ganó dos Mundiales seguidos: 1934 y 1938.

Después de la II Guerra Mundial, la revolución, cuyo impacto se siente aún hoy, vino de Hungría. Un partido disputado en el estadio de Wembley en 1953 entre los húngaros, campeones olímpicos el año anterior, e Inglaterra sacudió el mundo del fútbol. A los ingleses no les cabía en la cabeza la posibilidad de perder. Nunca habían sido derrotados por un equipo de fuera de las islas y se les consideraba los mejores del mundo de facto, del mismo modo que los equipos que ganan los torneos de béisbol o fútbol americano en Estados Unidos se llaman a sí mismos “campeones mundiales”. Pero la selección húngara dio un baño de humildad devastador a los ingleses. Los comentaristas no tuvieron más remedio que reconocer que Hungría había dado una lección de fútbol a los inventores del deporte. Empleando una filosofía basada en la posesión del balón y la exquisita técnica individual de sus jugadores, los húngaros –cuyo jugador estrella fue el futuro madridista Ferenc Puskas– utilizaron un arma secreta cuyo impacto los ingleses fueron incapaces de contrarrestar. El supuesto delantero centro Nándor Hidegkuti no jugó como tal; ocupó una posición más retrasada, en el centro del campo. Fue lo que hoy llamaríamos “un falso nueve”. Hidegkuti no era ni una cosa ni otra, ni delantero ni centrocampista, y los robustos defensas ingleses no supieron qué hacer con él. Les mareó. Marcó dos goles y generó los espacios para que Puskas marcara otros dos. El resultado final fue 3-6. Cuando se volvieron a ver las caras las dos selecciones, un año después en Budapest, los ingleses siguieron igual de perplejos. O más. Perdieron 7 a 1. El Real Madrid tomó el relevo fichando a Puskas y utilizando a Alfredo di Stéfano como una versión incluso más imprevisible, dinámica y todoterreno que Hidegkuti. Fue un equipo imparable. Imitó el modelo húngaro, y en cuanto a victorias sobre el campo, lo superó.

Italia, concretamente el entrenador Helenio Herrera, dio con el antídoto a principios de los sesenta. No solo contra el estilo húngaro-madridista, sino contra la fortaleza física de otra nación en ascenso, Alemania. Partiendo de la premisa de que el balón era prescindible, el catenaccio consistía en esperar y esperar atrás, enredar al rival en una telaraña, aprovecharse de su fijación ofensiva y estar atento al agotamiento del rival y a la oportunidad de un contraataque que resultara en gol. Con un tanto era más que suficiente. Herrera inventó también el fenómeno del “líbero”, un defensa que jugaba por detrás de la última línea en caso de emergencia; un seguro de vida. No fue, ni pretendió ser, una obra de arte; Herrera no fue ningún Miguel Ángel ni el estadio de San Siro la Capilla Sixtina. Pero funcionó. El Inter de Herrera ganó la Copa de Europa en 1964 y 1965.

A los alemanes les intrigó la idea del líbero, pero desde una perspectiva más osada. Entendieron que si el jugador que ocupaba ese puesto no tenía que marcar a ningún jugador específico, entonces nadie le marcaría a él. En vez de limitarse a operaciones de bombero, podría infiltrarse en el medio campo e incorporarse al ataque creando superioridad numérica ante la defensa rival. Por primera vez, un jugador que por ubicación en el diagrama militaba en defensa sumaba las virtudes de un pasador. Incluso sabía disparar a puerta. Ese fue el papel que Franz Beckenbauer patentó y que casi ganó la Copa del Mundo para Alemania en 1966.

La selección que les ganó, Inglaterra, hizo la primera aportación táctica proveniente de las islas desde tiempos de Chapman. Acabó con la ortodoxia del wing, del extremo especialista cuya misión consistía en driblar por las bandas, superar al lateral por velocidad y cruzar el balón al área rival, creando ocasiones de gol para el delantero centro. Alf Ramsey, el entrenador inglés, se deshizo de los wings. Su 4-4-2 creó un bloque compacto de ocho compuesto de centrocampistas versátiles con movimientos imprevisibles. Los wings cedieron su lugar a jugadores menos técnicos, menos especialistas, pero mejor colocados para asociarse con el balón.

La selección dominante de aquella época, sin embargo, fue Brasil, ganadora del Mundial en 1958, 1962 y 1970. Eran los Harlem Globetrotters del fútbol. Un fenómeno sui generis y, por definición, irrepetible, fundamentado en una técnica nunca vista y en una filosofía de ataque sin cuartel. Jugaban 4-2-4 y su plan era sencillo: si el otro marca uno, nosotros marcamos dos; si el otro tres, nosotros, cuatro. En los demás países, el lateral izquierdo, por ejemplo, era un jugador aplicado, rígido en sus principios defensivos; en Brasil era otro atacante más. A día de hoy, solo los brasileños producen jugadores (Carlos Alberto, Roberto Carlos, Dani Alves, Marcelo) de estas características; supuestos defensas que recorren todo el campo, marcan goles y juegan como antiguos wings.

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