El DT Alejandro Sabella debe de tener en la cabeza 16 o 17 nombres para el Mundial de Brasil y, contra lo que pudiera pensarse, esa certeza tiene menos que ver con una obcecación puesta a plazo fijo que con una convicción que gobierna cada paso que da.
Director técnico, pero antes que director técnico conductor, y antes que conductor pedagogo, Sabella es de los que creen en los grupos profundamente juramentados y en los equipos fuertemente ensamblados.
Lo primero ya es un hecho consumado con holgura.
Y en esa consumación y en esa confirmación puede prescindirse de la evaluación del propio Sabella y de sus tres colaboradores inmediatos, Julián Camino, Claudio Gugnali y el preparador físico Pablo Blanco.
Basta con hablar con cualquier jugador, desde Lionel Messi hasta el suplente más eventual, para constatar hasta qué punto reina un clima de comodidad y serenidad, de esfuerzos repartidos y sueños compartidos.
En cuanto al ensamble del equipo, todavía en formación, todavía en la etapa en que los avances son lentos, casi imperceptibles, y los retrocesos escandalizan a las tribus más ansiosas, Sabella apuesta a la estabilidad de un grupo de 12 o 13 jugadores.
Más allá de sentirse tironeado por las parroquias fundamentalistas (una, ajena, la menottiana, que poco menos le exige un remedo de Brasil del 70; la otra, en buena medida propia, la bilardiana, capaz de defender con énfasis sus decisiones más conservadoras), el DT de la Selección apuesta a una formación que salga de memoria, o por ahí.
Una formación tan estable que resista incluso los cuestionamientos a los puestos que no han terminado de consolidarse, los laterales, los defensores centrales y en algún punto también el de arquero.
Sin embargo, Sabella cree que el arco es de Sergio Romero, que por lo menos hasta que le demuestren lo contrario Pablo Zabaleta y Marcos Rojo son los laterales y que en Federico Fernández-Diego Garay tiene un tándem central capaz de reunir juventud no exenta de madurez, buen juego aéreo, rigor, roles complementarios.
Y así como en su momento se dudó de que Javier Mascherano y Fernando Gago compusieran una yunta competente, y hoy pocos lo ponen en duda, no es descabellado pensar que conforme pase el tiempo, y con el tiempo los partidos, incluso los jugadores más resistidos domestiquen a las fieras.
Y eso, desde luego, porque si la Selección Argentina consigue una altura crucero aproximada a la que alcanzó el viernes en Mendoza, estaremos hablando de un equipo competente, y ya sabemos que una de las marcas en el orillo de los equipos competentes es volver aceptables a los jugadores mediocres, buenos a los aceptables y brillantes a los buenos.
El buen momento argentino: el valor de la estabilidad
El periodista Walter Vargas, de la agencia Télam, analiza la mejora actual que ha evidenciado el combinado nacional en los últimos encuentros de las Eliminatorias.