Cuando Independiente Rivadavia salió a jugar su primer partido del Torneo en Tucumán, con el sorpresivo 4-3-3 que despertó críticas y dudas sobre el equilibrio que todo equipo necesita, se empezó a gestar el sistema que en contrapartida del pensamiento inicial, más beneficios le dio a este equipo.
Tal es así, que las mejores actuaciones y la definición en momentos calientes, siempre tuvo al tridente de arriba como protagonista, y estandarte de una idea que podía sufrir atrás, pero que con tan importante peso ofensivo, siempre ofrecía una carta más para levantarse.
Así se consiguió el triunfo en Santa Fe, la igualdad en Mar del Plata, la remontada en Isidro Casanova, todos partidos sustentados por la potencia goleadora de Velázquez y Salmerón, más lo que el equipo en conjunto claro, podía sumar.
Hasta que se lesionó Velazquez, y feo, e Independiente debió cambiar. Trotta echó mano a García, ubicándolo como enganche para que sea el conductor necesario ante San Martín de San Juan. Pero García se durmió al volante.
El equipo perdió protagonismo en el área contraria y el Plan B, con enganche, se vio devorado por la sombra de lo que supo ser el tridente, hace algunas fechas.
Salmerón fue expulsado, Pumpido lo reemplazo ante Belgrano, Pérez se ganó la confianza para mejorar lo hecho por García, pero Independiente sucumbió 3 a 0 ante el Pirata y Trotta escupió: “No hago ningún análisis si lo que hicimos fue pésimo”.
Autocrítica, lo que este momento del Azul necesita. Para encontrar el camino alternativo a un sistema que no siempre va a poder ser tal, y conseguir así que el conjunto prime por sobre los hombres. Que cambiar no implique tanto sufrimiento. Y olvidarse así, de la pesada dependencia.
La Lepra sufre con la obligación de cambiar
Trotta no consigue encontrar los reemplazantes que suplan con la misma efectividad de juego, a los titulares. A Velázquez se lo extraña demasiado, y el plan B, no arroja los resultados esperados.